jueves, 22 de diciembre de 2016

Bengalas de Júpiter

Detrás de la vidriera de una peluquería, un muchacho de veinte, veintidós años, bajo, extremadamente delgado, termina de barrer el piso. Adentro todo parece nuevo. La pintura, los sillones hidráulicos, los secadores de pelo. En la puerta hay un cartel que dice: “hoy hasta las 18”.
Una señora mayor se asoma a la puerta para preguntar algo. Sostiene una torta envuelta en una bolsa de nylon. El peluquero, con exagerada amabilidad, busca un volante del recibidor. Lo dobla y se lo guarda a la señora en el bolsillo del vestido. La señora saluda, se aleja, y el muchacho da vuelta el cartel y pone “cerrado”.
***
Una mujer de cuarenta y tantos, con musculosa negra y un delfín tatuado en el hombro, viejo y azulado, arregla un maniquí en una vidriera.
Sale a la calle a mirar cómo quedó todo. No parece conforme. Da un paso atrás, mete la mano en el bolsillo y gira la cabeza, buscando una mejor perspectiva.

***

lunes, 19 de diciembre de 2016

El loro en la jaula

En la esquina de la casa de mi abuela, vivía una señora que se llamaba Ramona.
Ramona tenia una hija que trabajaba de prostituta y una nieta que le llevaba a su madre, es decir, a la prostituta, 14 años de diferencia.
La nieta se llamaba Daniela. Del nombre de la prostituta no me acuerdo. Había un hombre desdibujado en la casa, el marido de Ramona, y también un loro en una jaula. 
Ramona le decía "hija" a Daniela. Daniela le decía "mamá" a Ramona. La prostituta le decía "Daniela" a su hija. Y su hija, Daniela, le decía "hermana" a su propia mamá.
Pero en el barrio todos sabían quien era quien: la mamá de la prostituta, la prostituta y la hija de la prostituta.
La casa en donde vivían era una caja de zapatos. Un cubo de ladrillo hueco a la vista que mediría, como mucho, cincuenta metros cuadrados.
Después, alrededor de la casa, había un garaje con techo de chapa, una gallinero y un terreno con tres limoneros, jazmines, rosas y caminitos de piedra. En el medio del jardín, un banco de plaza.
Los domingos, la prostituta visitaba a su madre y le ayudaba a lavarse el pelo. Ramona tenía el pelo larguísimo. Decía que nunca, pero nunca, se lo había cortado.
Con la ayuda de su hija, es decir, de Daniela, la prostituta metía la cabeza de Ramona en la pileta de lavar la ropa y le masajeaba el pelo con shampoo hasta que salía espuma. Después se lo enjuagaba, se lo peinaba y, por último, le hacía una trenza y se la enroscaba con invisibles en la cabeza.Tardaba bastante.
Al atardecer, se sentaban las tres en el banco del jardín a tomar mate, comer facturas y enseñarle al loro a hablar.
"La cucara-cha, la cucara-cha... ya no puede caminar", le cantaban.
El loro repetía una y otra vez la canción y las mujeres se mataban de risa.
Así hasta que se hacía de noche, una se iba, las otras se metían en la casa, y afuera quedaban el loro en la jaula, el viento y el murmullo de las ligustrinas.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Senegalés

Acabo de ver a un muchacho negro-negro. 
Ni marrón ni azulado, negro. 
Y toda la luz que absorbía su piel absolutamente negra, le salía por los ojos y los dientes.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Ruido blanco

Una familia en cuatro capítulos. 

Uno: la nena
Mamá está enculada conmigo porque sabe qué pienso de ella.
Que es una inútil y una idiota. Una mediocre ama de casa que nunca pudo superarse en la vida y alcanzar una meta.
“Por ustedes dejé todo, yo podía haber sido bailarina”.
Cómo llora. Con el tanque que es, ¿bailarina de qué? Que se muera.
Y papá también. Como si fueran buenos padres. 
“¿Cuál es la diferencia entre los ríos, las rías y los fiordos? ¿Quién me explica?”.
Y a quién le importa, papá. ¿Quién sos, Jeacques Cousteau?
Si lo más intelectual que te sale en casa es, “¡la rechoncha desplumada de la tía Nelly! ¡Te comiste otro penal, narigón!”
Ya no los aguanto más. Me voy a Europa. Mañana me levanto  a las 5 y voy a la Embajada de España. Apenas cumpla los 18 me voy. Sí o sí me voy. O mejor dicho, nos vamos, porque si le sale la ciudadanía polaca a Tornillo, nos vamos los dos. 

jueves, 8 de diciembre de 2016

Los buenos sentimientos

–¡Te quedás quieto, carancho! –lo retó su tía Herminia.
Manuel tenía ocho años y era el mayor de los tres. Angelita tenía cinco y Miguel, cuatro. Todos viajaban en el último asiento del colectivo. Llevaban dos horas de viaje y estaban aburridos. Manuel apoyó la espalda contra el respaldo del asiento y se resbaló hasta caer al piso.
–¡Manuel! ¡No te lo repito más! –gritó tía Herminia, zarandéandolo del brazo.
Manuel frunció la boca y se cruzó de brazos. Una señora estaba cerca de ellos.
–¡Hágale caso a su madre!
–No es mi mamá, es mi tía –le respondió Manuel, mostrando sus dientes blancos y enormes. Era morocho, tenía los rulos apretados y estaba vestido con un equipo de gimnasia muy pasado de moda. Parecía un mono.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El corazón de la tontería

–Ni mierda, yo no voy a ninguna parte –le dije–. Hace mucho calor.
Mi novela preferida empezaba en quince minutos. En el capítulo anterior, el nene gitano se había enterado de que era hijo biológico de padres con mucha plata.
–¡Mirá, cocorita! ¡No me torees!
Una vez al mes, mamá me pedía que la acompañara al supermercado para robar. Siempre al mismo: un Canguro grande, sin vigilancia, que quedaba lo bastante lejos de casa como para no cruzarnos con vecinos.

Bañar al bebé

Yo estaba en la vereda jugando al quemado.
–Dice tu mamá que adentro –dijo la abuela Ñata, sacudiendo su repasador de la gallina clueca–, no me hagás renegar.
Yo no había lavado la ropa, que era la parte de las tareas que me tocaba. A mí me gustaba baldear o ir a la panadería. El resto de las cosas, no.
Cuando entré en casa, mamá, desde la máquina de coser, me gritó que era una irresponsable, que estaba cansada de mí, que era grande para andar boludeando todo el día en la calle y que fuera pensando en cómo iba a hacer para aportar.

Puerto Vallarta

Al cumplir los trece años fui a México a ver a mi papá. El año anterior, él había estado de visita en Argentina y me había prometido que mandaría un pasaje para pasar mis vacaciones de verano. Todas las vacaciones, dijo. Desde diciembre hasta marzo.
Papá vivía en Distrito Federal con su señora, mi hermana mayor y el hijo de su señora. O sea, mi hermanastro. De los hermanos que vivíamos acá, yo era la primera gratificada con el asunto del viaje en avión y eso, lamentablemente, ocasionó ciertos resentimientos familiares, porque papá prometió que en el próximo viaje iría mi hermana menor y después mi hermano el más chico. Pero, a causa de catástrofes naturales solo pudo cumplir la primera parte de la promesa. Es decir, yo fui la primera y última que viajó. Después de ese viaje, un terrible terremoto azotó México y mi papá, su señora, mi hermana y mi hermanastro, volvieron a Argentina. Mis hermanos menores nunca conocieron México y mucho menos Puerto Vallarta.

El meteorito

Cuando cumplí nueve años, mamá me dijo que los Reyes no existían.
–Es un invento de los curas –dijo–, así que no rompas las bolas con lo de la carta.
La verdad es que yo sabía.
–Como le digas a tus hermanos, te mato –agregó.
Ellos también sabían.
Un día después de que yo me hubiera enterado, les conté a ellos.

Los Piojitos

–¿De qué clase social somos, má? –le pregunto, apenas entra.
Estoy con los ojos clavados en el cuaderno de deberes y Dieguito dibuja un camión de bomberos.
–De clase trabajadora –responde.
Me doy vuelta porque escucho ruidos raros. Mamá no entró sola. Vino otra vez con ellos: los Piojitos.
La Pioja mayor tiene 10 años como yo, pero todavía va a tercer grado. Es alumna de mamá y repitió dos veces. Es burra. Tiene el pelo fino y despeinado. Cuando pone la cabeza al sol, se le notan puntos blancos. Liendres y piojos tiene. Y sus hermanos más chicos ahora están pelados porque es verano, pero en invierno también se les nota.

El carril de la izquierda

A las jubiladas les encanta nadar estilo espalda. Creen que nadando para atrás, van a reducir el salero de los brazos. O las alas de murciélago.
Van por el andarivel Uno, el de la pared, porque tiene un caño donde pueden agarrarse.
“Un calambre te puede mandar para abajo”, dice la jubilada más dramática de todas. A ella le encanta pasearse por el vestuario desnuda y mostrar sus heridas. “¿Ves este corte acá? Operación de vesícula. ¿Y este hueco abajo? Triple fractura de cadera”. Una sobreviviente de la vida, digamos.

La risa es contagiosa

Iba camino al Coto de Once cuando algo me llamó la atención.
En la vereda de enfrente, en la Plaza 1° de Mayo, un hombre joven, rubio y borracho hacía playback de un bolero.
Cantaba mirando hacia arriba, hacia algún balcón incierto del edificio que estaba detrás de mí.
Al lado de él había un pequeño grabador a pilas y dos personajes de Congreso: un tipo disfrazado de hombre araña (creo que es un loco) y la “mujer de los dientes gigantes”. Le digo así porque tiene dientes muy grandes y para afuera. Me parece que son postizos. Duerme debajo de las ventanas de la Biblioteca del Congreso y anda con un sombrero de flores artificiales. Siempre está sola. Por eso me llamó la atención verla junto al hombre araña y al borracho.
Sobre todo me extrañó verla partirse de risa.

martes, 6 de diciembre de 2016

El espejo de Narciso

–Pero este chabón es insoportable.
El asistente de dirección no se lo fumaba más. Yo le había dicho al planillero del sindicato que no lo trajera, ya habíamos tenido problemas con ese extra.
–Llevatelo de acá, Mosca. A-ho-ra.
–A mí me hicieron un primer plano y yo quiero ver la toma por el video assist.
El extra estaba re denso.
–Pero qué primer plano, negro. Si estabas a más de cien metros… ¿te creés que filmamos con microscopio?

El guardavidas

Nade, si a usted le hace bien, nade, me recomendó el psiquiatra.
Entonces fue como conocí al guardavidas y me enamoré de él.
El guardavidas es alto, grueso, oscuro como un roble, silencioso. Antes de sentarse en el estrado de vigilia se pasea por la orilla de la pileta. Va de acá para allá, mirando que estén alineadas las banderas de peligro.
Yo braceo mientras miro de reojo. Respiro para un lado y está él, respiro para el otro y también está él, papando moscas.
Me gusta porque es valiente y porque conoce las técnicas de resucitación. Dicen que ha salvado a mucha gente en el mar.

El chiflado

Salgo de mi clase de portugués y camino junto a una compañera por la calle. Hace un rato llovía y ahora hay un sol que raja la tierra.
Mirá cómo se arregló el día, dice ella.
Sí, le respondo. Qué tiempo loco.
Ella tiene el auto estacionado por ahí nomás y me pregunta si quiero que me alcance hasta la parada del subte.
No, le digo, porque yo voy para otro lado.

La mochila del senegalés

Hoy a la mañana venía caminando por Avenida Belgrano cuando, casi llegando Santiago del Estero, vi que un chico joven, flaco y negro, pero muy negro, iba al lado mío. No digo negro café, sino negro azabache. Del tipo de negro nigeriano o senegalés que vende anteojos de sol o carteras Louis Vuitton en la calle.
El chico tenía un papel blanco prolijamente enrollado en la mano y miraba los números de las fachadas de los edificios.
A mitad de cuadra nos interrumpió una valla del GCBA y fue entonces que se adelantó unos pasos y le vi la espalda.

Reserva


Voy a la Reserva ecológica desde hace mucho tiempo. Siempre me pareció el mejor refugio de esta ciudad. Antes iba a caminar. Ahora voy a trotar, o a correr, según. Eso depende de mi rótula, la parte más pesimista de mi cuerpo.
Capaz algunos de ustedes conocen la Reserva. 
A la mañana no suele ir mucha gente. Algunos corredores, ciclistas, jueces con guardaespaldas, personas que van a caminar.
Es la mejor hora porque los animales, sobre todo las aves, andan de acá para allá, seduciendo con su canto. 

La bomba de agua


El sábado, un vecino me llamó por el portero eléctrico para ver si podía bajar un segundo. Había un tema con la bomba de agua.
Salí apurada de casa, dejé la puerta abierta y el viento, ¡paff!, la cerró. Quedé, como dicen los chicos, encerrada afuera.
Para qué te habré dicho que bajes, se disculpó el vecino.
Él me prestó su celular para que llamara a alguien. Pero solo me acuerdo de dos números de memoria y, lógicamente, en ninguno atendieron.

El gato en la rama

Ayer domingo, al mediodía, escuché una sirena y salí al balcón. En la vereda, estaban un patrullero y un camión de bomberos.
¡Siempre que invito a la familia a almorzar ocurre algún imprevisto!, me dije. Bajé preocupada porque todos estaban por llegar.
Los bomberos, los policías y un vecino, miraban para arriba.
Humo no había.
Una vecina grababa con la cámara de su celular.
Un suicida, pensé.

Quartz


Pocos meses antes de que muriera mi viejo (él lo sabía y yo también), fui a su casa a tomar unos mates. Estábamos hablando de cosas que no tenían mucha importancia y le comenté que al día siguiente me tenía que levantar temprano pero que mi reloj despertador no andaba bien. 
Entonces mi viejo, con esa costumbre que tenía de enchufarte siempre algo –un chorizo español, un libro que no pensaba leer, unas tazas que había comprado en el Coto me trajo su reloj, que era mucho más feo y berreta que el mío.

La piñata

Despierto con un fuerte dolor de cabeza. Voy al baño y miro en el cajón: no hay un solo ibuprofeno, paracetamol o aspirina. Me doy una ducha con el agua tibia —bien como a mí me gusta—, me hago un capuchino light con agua hirviendo —que me encanta —, y dejo para el final lo más odioso de todo, el sms de María Elena: cumple Toto domingo 13 a 15.30 spinetto shoppin.
¿Por qué me comprometí? Lo que tengo son unas ganas terribles de quedarme en patas mirando televisión. Pero no puedo faltar. María Elena es hipersensible, va a decir que tengo algo en su contra.

lunes, 5 de diciembre de 2016

La sed

Hay gente que hace una pausa antes de tragar el primer sorbo de agua o de café.
Retiene el líquido, la respiración, la mirada en el infinito. Retiene el tiempo. Pone cara de estar atravesando la nube de un pensamiento superior.
Después traga el agua, o el café, y el tiempo vuelve a ser el mismo para él, o para ella, y para todos. 
Como si entendiera que con un solo pensamiento superior no alcanza para resolver el quid de la cosa.

La subordinada


Hoy quiero escribir un oración subordinada, un laberinto construido por comas, con salidas falsas, ideas débiles que acaten órdenes de ideas fuertes, cuyas palabras rueden como cascotes de un subsuelo a otro, y a otro, y así hasta llegar a Japón, donde las comas se escriben para otro lado, pero todavía conservan la categoría de pausa, y el texto respire y exhale, respire y exhale, y recobre fuerzas y tome impulso para volver a la planta baja de la oración, donde las palabras se junten, se revelen, y yo tenga que apagar el foco de la insubordinación con un punto final.

El Rabino

Dejé de fumar hace tres años y medio. Si me preguntan cómo hice, respondo que gracias a un significante: Rabino.
No soy judía. Soy católica, pero tampoco estoy muy segura de serlo. Creo en la existencia de una energía universal, y también en la de algo “despegable” del cuerpo: el alma.
El día que entré al consultorio del doctor Rabino, con una mancha en una resonancia magnética de cerebro, fue como entrar en una sinagoga, y eso que yo nunca estuve en ninguna.

El nebulizador


A los cinco años me diagnosticaron asma.
Yo era bastante conocida en el Hospital Gandulfo por llegar azul a que me conectaran a la garrafa de oxígeno.
Un día, el médico le sugirió a mamá que comprara un nebulizador.
Ella vendió su alianza y con la plata compró un nebulizador moderno de plástico, liviano.
Ese aparato no sirvió de nada porque no tenía potencia.
Entonces recurrimos a los ahorros de la abuela y compramos uno de turbina. Un aparato azul metalizado, de diez quilos, con base cuadrada de fórmica. Una bomba de agua, digamos.

La luz de la modista


Mamá nos compraba los guardapolvos tres o cuatro talles más grandes.
Para que dure, decía.
Después nos mandaba a lo de la modista.
Marta, la modista, era una señora escuálida que usaba anteojos verdes gruesos. Daba largos pasos para caminar.
Su casa era fea y húmeda. Tenía un ropero gigante sin puertas donde ella colgaba la ropa lista para entregar.

Hablaba con una aguja en la boca y decía: te voy a tomar el ruedo; te voy a tomar la cintura; te voy a tomar un cachito la sisa.
Lo que hacía era darle tres vueltas al dobladillo para que, a medida que una crecía hacia arriba, el guardapolvo creciera para abajo.
Un atardecer fui a su casa a pedirle que le cosiera un postizo al pantalón. Yo siempre fui alta.
La luz de la ventana apagaba la ropa que colgaba en las perchas. Fue un relámpago de verano. 
Y de pronto, el sol se escondió.
Marta arqueó la espalda como un fantasma y su casa volvió a ser fea y oscura.
Decían que uno de sus hijos había caído preso y que eso a ella la avergonzaba. Por eso no prendía las luces.

Cita a ciegas

En la mesa de al lado había una pareja que se había conocido, seguramente, por alguna aplicación como el tinder.
Él jugueteaba con el plato de sorrentinos.
Ella revolvía una ensalada césar.
El hombre pinchó un sorrentino y lo levantó con elegancia.
¿De qué signo sos?, y se metió la pasta en la boca.
¿De qué signo político?, preguntó sorprendida ella.
El hombre masticó con seducción y negó con los ojos.
¿De qué signo religioso?
Ahora él apuró el movimiento de las mandíbulas y movió negativamente la cabeza.
¿De qué signo postal?
No, no, parecía decir con todo el cuerpo el hombre.
¿De qué signo musical?
Él masticó muy rápido, pero no pudo con todo.
Pero decime, ¡¡¿sos extraterrestre, vos?!!!
Decenas de partículas de pasta estallaron sobre la mesa. Algunas cayeron sobre el plato de donde venían, otras sobre la lechuga, la panera y la camisa blanca de ella.
Ahora a la chica no le gustaba él.
Por eso sacó su celular y lo puso arriba de la mesa. 
Lo mismo hizo él.

La fuerza del deseo

Mis viejos no hicieron bautizar a ninguno sus hijos. Un poco porque no creían en Dios y otro porque estaban en contra de la iglesia.
Pero mamá, al tiempo de separarse de papá, nos mandó a todas las iglesias habidas y por haber (evangélicas, católicas) con tal de que nos dieran la merienda y ella pudiera dormir.
En ese trajinar, y seguramente también a causa de las batallas que desde hacía años libraban mis padres, me enfermé de fervor religioso.
Un día fui a la parroquia de Bombero Ariño y pedí hablar con el padre Frans de Bos.
Ninguno de nosotros está bautizado, padre.
¡Así no!, dijo él.
Poco tiempo después, conseguí padrinos (madrina Testigo de Jehová, lo juro), un vestido de volados y zapatos blancos.
Tenía trece años ya.
Me hice bautizar y de paso tomé la comunión.
En la ceremonia yo tenía que pedir un deseo en voz alta.
Que mi abuelita vuelva a ver, dije, para que pueda tejer y hacer helados.
Pero para mis adentros pedí otra cosa: yo quiero ser linda, talentosa, simpática, adorable, rubia y millonaria como Rafaela Carrá. Total, la abuela ya hizo su vida.
Mi abuelita nunca recuperó la vista. Poco tiempo después murió.
Y con lo otro tampoco pasó nada.
Fue mi primera decepción respecto a Dios. Con las que siguieron, dejé de ir a la iglesia.
Hoy veo el retrato de la abuela: el pelo color champagne, marcado por los bigudíes, su pullovercito tejido a mano, hecho por Doña Remedios.
Más que sonreír, hace un gesto extraño con la boca. Labios entreabiertos, mandíbula hacia abajo. Cero, pareciera decir.
Cero. 
Cero, tres.

El diablito

Hace un tiempo estuve en casa de mi hermano. Después de comer, me puse a jugar con mi sobrino. Matías tiene dos años y todavía no habla, pero balbucea. Me señaló la puerta de la casa y hacia ahí fuimos, aunque no salimos del todo. Nos quedamos del lado de adentro, detrás de las rejas. Paré a Matías sobre la caja del medidor de gas y él se agarró a los barrotes, como un monito. 
Era la hora de la siesta y no había movimiento en la calle.
Solo había dos chiquitos revolviendo basura en el contenedor de enfrente. Creo que eran hermanos. Uno tendría siete años y el otro cuatro. Matías se sacudió y ellos nos miraron. Después, el más grande acomodó unas cajas de cartón en el chango y empezó a empujar. Vamos, le dijo al más chico. Pero el de cuatro no nos sacaba los ojos de encima. Lo ví mejor y me impresioné. Tenía la cara llena de cicatrices. Marcas de quemaduras, parecían. El más grande empujó el chango, que sonó como un portón oxidado. Matías volvió a saltar y a gritar. El de cuatro siguió a su hermano, obediente, aunque sin dejar de mirarnos. Y de pronto clavó los pies, como diciendo: tengo que hacer algo. Sentí un frío por la espalda. El chiquito respiró hondo y corrió hacia nosotros. Su velocidad me dio miedo. Quise desprender a Matías de los barrotes y meterlo para adentro. Pero no tuve tiempo. ¿Qué haría cuando llegara? ¿Nos pegaría? El pequeño diablito llegó en menos de un segundo. Se agachó, desapareció tras la pared que sostenía las rejas, y reapareció con un globo. Se lo dio a Matías. Un globo viejo desinflado de helio. Un globo que solo llegaban a ver Matías y el nene de cuatro años. Desde donde yo estaba, no lo podía ver.
No, mi amor, le dije. Ese globo es para vos. Se lo dije con las piernas temblando. Con la voz asustada. El nene negó con la cabeza y alargó otra vez su mano con el globo. Matías se lo sacó de las manos y le agradeció a su forma, como los monitos.
El pequeño diablo volvió con el mayor a la misma velocidad con la que había llegado. Su hermano empujó el chango cargado de botellas y cartones. Ya no nos volvieron a mirar. Doblaron en la esquina y desaparecieron. El temblor de las piernas no se me iba. Un nene de cuatro años me había asustado.  ¿De verdad le tenía miedo a un chico de noventa centímetros? ¿Era eso lo que me hacía temblar?
Agarré a Matías y lo metí adentro. Creo que un poco lo obligué. Lo mejor sería que nos pusiéramos a tirar fichas de dominó por el aire, o nos sentáramos a ver la tele.
A la noche volví a casa.
Las piernas me seguían temblando. No podía dormir. Todavía sentía mucha vergüenza y yo olía a trapo viejo mojado.

El ganador

Hay personas a las que nadie les gana.
Tengo un compañero de pileta, un jubilado cordobés, que nadando a la misma velocidad que yo, llega antes.
Y eso porque da la vuelta cinco metros antes de llegar al final, ahorrándose camino.
A veces nos encontramos en la entrada de la pileta. Sucede que, si anda mal el subte, el encargado de abrir llega tarde.
El cordobés, que rara vez me habla, me dice: ¿cuánto pagaste de luz? Y yo le digo, quinientos. Y él me dice, yo mil.
Otro día, me pregunta: ¿a cuántas cuadras vivís de acá? Y yo le digo, a cuatro. Y él me dice, yo a dos.
Ayer el cordobés hablaba con otros nadadores amigos de él.
Bromeaban sobre la edad.
Yo tengo la edad que represento, decía uno. Y los otros reían.
Treinta… en cada pata, decía otro. Y los otros reían.
¿Para qué querés saber mi edad?, ¿le vas a jugar a la quiniela?, respondía un tercero.
Siempre los escucho, porque de sus conversaciones saco tela para mis vestidos.
El cordobés me miró a los ojos y me preguntó: y vos, ¿cuántos años tenés?
Sesenta y cinco, respondí (ojo, tengo cuarenta y cinco).
Y se la pensó un ratito porque, como dije, a él nadie le gana.
Qué bueno que no tengas ningún problema en decir tu edad, remató.
Él y los otros cuatro muppets se rieron a carcajadas limpias.
En la puerta de la pileta (que todavía estaba cerrada) hay un afiche de Speedo: "al final siempre se llega".
El cordobés es jubilado. En cambio, a mí (si hoy no me aplasta el 37) me faltan veinte años para llegar a la jubilación.
Veinte años.
Toda una vida.
Entonces, cuando el cordobés se rió de mí, yo me reí de él.
Como dice el refrán, "la risa es lo único que nos vuelve agradables".

Tendencia

No quiero sonar pesimista, pero cuando una pone un hule transparente arriba de un mantel, es porque empieza la cuenta regresiva.

El patio

Una vez mi mamá se “hartó de la miseria”
Entonces agarró “nuestros ahorros” y llamó a un albañil para que hiciera un patio en el frente de casa.
Por “nuestros ahorros” se refería a su aguinaldo más ciento cincuenta dólares que nos correspondían a mis hermanos y a mí. Plata que nos había mandado papá por correo escondida dentro de una tarjeta musical. “De parte de papá Noel” decía la tarjeta, “jo jo jo”.
Esos dólares los íbamos a usar para ir a Chapadmalal o Punta Mogotes. Tren en turista, pensión completa, tobogán de agua. Ya habíamos sacado las cuentas.
Pero mamá cambió de opinión y dijo: todo el patio de mosaico de granito quiero. Y un buen pulido fino.
¿Quién la iba a contradecir?
Pero, a mal tiempo, dicen, buena cara.
Nos la pasamos todo el verano tirando agua y detergente, patinando con los pies, resbalando con las rodillas, o la panza, y organizando concursos de break dance en esa superficie brillante.
La mayoría de los patios de la cuadra eran de cemento alisado.
Entonces, tener un buen piso era una forma de hacerle frente a la miseria.
Si hasta recuerdo que, durante dos o tres meses, incluso me sentí un poquito superior.


Ir y volver

Hace poco escuché, o leí, que una escritora decía sentir "una niña llorando".
No se refería a una alucinación acústica.
Lo decía en el sentido de tener algo adentro que no encontraba sosiego.
Tal vez por eso, cuando estamos nerviosos, nos mecemos en una silla.
Para calmar al bicho de la infancia.

El chancho

Hoy a la madrugada esperaba el colectivo en la esquina. En la parada estaba el inspector de la línea 12. Un barrendero se le acercó, se sacó los guantes y le dio la mano. Buen día, buen día, jefe. Una chica que llegaba para hacer la fila, levantó el brazo y lo saludó. Buen día, buen día, chica. Cuando llegó el bondi, el colectivero le gritó, ¡Maestro, buen día! Buen día. 
Qué lindas son las estrellas de Balvanera.