miércoles, 7 de diciembre de 2016

Bañar al bebé

Yo estaba en la vereda jugando al quemado.
–Dice tu mamá que adentro –dijo la abuela Ñata, sacudiendo su repasador de la gallina clueca–, no me hagás renegar.
Yo no había lavado la ropa, que era la parte de las tareas que me tocaba. A mí me gustaba baldear o ir a la panadería. El resto de las cosas, no.
Cuando entré en casa, mamá, desde la máquina de coser, me gritó que era una irresponsable, que estaba cansada de mí, que era grande para andar boludeando todo el día en la calle y que fuera pensando en cómo iba a hacer para aportar.
–¿Y ahora qué hice? –contesté levantando los hombros.
–¿Y yo qué hice? –me imitó mamá–. Parecés una boluda importante.
Enfilé para el lavadero y cuando pasé por la cocina escuché la cortina del programa que veía la abuela. “Los sueños, sueños son, pero acá son realidad”, decía Berugo Carámbula. La abuela estaba pegada a la pantalla de la tele, esperando ver cómo habían maquillado, peinado y vestido a la ganadora del concurso.
En el lavadero, agarré la ropa sucia y la enrollé. Por la forma, parecía un bebé. Puse el fuentón de zinc debajo de la canilla y lo llené de agua. Tiré un pan de jabón Federal y lo di vueltas para que se derritiera un poco. El agua se volvió azul y salieron a la superficie tres burbujas espesas. Revolví un poco, busqué al bebé de ropa y lo metí adentro. Lo hice girar una, dos, tres vueltas. Me imaginé que el bebé chapoteaba, y que yo le hablaba y él me respondía.
–¿Tienes frío, hijo? –le pregunté.
–No, no tengo frío, mamá.
–¿Quieres un té, hijo?
–No, gracias.
–¿Estás cansado?
–Sí, estoy un poco cansado –dijo el bebé.
La abuela salió al patio, haciéndose la disimulada. A ella no le gustaba que yo hablara con personas que no existían. Decía que eso era cosa de chiquilines o de locos. Me callé y seguí girando la ropa en el fuentón.
La abuela sacudió el repasador de la gallina clueca otra vez y se lo colgó de la cintura. Después, abrió la jaulita del canario donde guardábamos la manteca, la leche y el queso. Sacó el petit-suisse sin sal y se metió para adentro. La heladera estaba rota y mamá decía que mientras durara el invierno no la iba a mandar a arreglar.
“Liberá tu frescura”, escuché cuando la abuela abrió la puerta. Estaban pasando la propaganda.
Dejé la ropa en remojo y me volví a escapar.
Si me enganchaba mamá con las cosas a medio hacer, iba a decir que era una chambona.
Cuando llegué a la vereda, el partido había terminado pero Norma y Cintia me esperaban sentadas en el cordón de la calle. Me miraron de arriba abajo. Norma le dijo algo en secreto a Cintia y se rieron de mí.
–Qué-pe te-pe sa-pa –le pregunté a Norma, que era la que más se reía de las dos.
–Que no tenés nada –dijo.
Y se volvieron a reír.
Yo tenía la remera toda mojada, pegada al cuerpo, y se me marcaban las costillas.
Norma era un palo de escoba, igual que yo, pero al menos tenía un poco de tetas. Dos embuditos apenas. La madre le había comprado un corpiño y ella se la pasaba estirándose el elástico y haciéndoselo sonar contra el espinazo.
–Para qué querés si todavía no tenés –dijo mamá, cuando le pedí que me comprara a mí también.
Las tetas de mamá eran horribles, parecían dos berenjenas, y las de la abuela, peor, parecían dos guantes de albañil.
En cambio Cintia, la hermana menor de Norma, acababa de cumplir los doce y ya tenía las tetas como melones.
La séptima es bruja, decía la abuela por Cintia, que era la séptima hermana mujer. Flor de trabajo le va a dar al padre.
Ahí en la vereda, sin importarle nada, Cintia se apretó las tetas con los dos brazos, las juntó y las separó. Las tetas se le movieron como masa de bizcochuelo crudo. Cintia y Norma se rieron. Ellas se reían de cualquier pelotudez.
Yo había visto en la revista de Isidoro Cañones, una publicidad para hacer crecer las tetas. Decía: Producto mágico para aumentar el busto. Resultados óptimos. Pague contra reembolso.
Mi madrina lo había comprado pero no me lo dejaba usar. Era como un broche gigante, y ella tenía que cerrarlo y abrirlo cincuenta veces por día. Después se suponía que le crecían las tetas.
–Lo mismo que abrir y cerrar un libro –le dijo mi padrino–. Antes de hacerme gastar la plata cuete, mejor asesorate.
Mi madrina me había dicho que cuando cumpliera los quince me iba a regalar uno de esos. Pero yo le dije, después de los quince voy a ser vieja.
Norma sacó unas piedritas blancas, y nos pusimos a jugar a la payana. El sol se estaba yendo. Apenas empezamos, vino la hermana mayor de Norma y de Cintia. Estaba enojada y cuando se ponía así, tartamudeaba más.
–A casssa, a casa inmedia-t-amente. N-no, no lo repito más –les dijo.
–Pero mañana no hay clases –se quejó Norma.
–Nom, no me im-porta. Me oíste, vamos ahora o le cuent-o a papá.
Entonces Norma y Cintia siguieron a su hermana mayor y yo me quedé sola en el cordón de la vereda.
Escuché el ruido del motor de un auto. Era el Torino del abuelo de allá. Porque yo tenía mi abuela de acá, Ñata, que era la que vivía con nosotras, y también los abuelos de allá, de Venado Tuerto, abuelos por parte de mi papá. Mi abuela de acá venía de familia de italianos. Los abuelos de allá eran de España y se quejaban de todo.
–Cómo le gusta llorar –decía mamá, por el abuelo de allá.
El abuelo estacionó el Torino y la abuela de allá sacó una pata, buscando hacer pie en el cordón de la vereda. Tenía una bolsa de mandados grande por donde sobresalía un gajo de rosa china.
–Flaca escopeta, vení para acá –me gritó.
Yo fui corriendo, un poco sorprendida, y la abracé. Habían venido sin avisar. La cara que iba a poner mamá.
Entramos los tres a casa y fuimos derecho a la cocina.
–Mirá vos, qué sorpresa –dijo la abuela Ñata.
El programa de Berugo había terminado y ahora estaban pasando el noticiero.
–Qué lástima que no avisaron, preparábamos algo para comer –dijo mi abuela de acá.
–Ni te preocupes, Ñata –dijo la abuela de allá–. Vinimos de improviso porque el Hugo se tiene que hacer unos análises mañana.
–¿Pero qué pasa? –preguntó la abuela de acá–. ¿Estás bien, Hugo?
Mi abuelo asintió con la cabeza, él prácticamente no hablaba.
–Y… sigue con el asunto de la afisia, se tiene que hacer ver este viejo.
La abuela de allá se agarró de las rodillas y se sentó en una banqueta.
–Igual vamos a parar en lo de la Dora, mi sobrina.
Mamá apareció en la cocina con la boca fruncida.
–Ah, cuando quieran avisen antes, ¿no?
–Mirá lo que te traje, nena –le dijo la abuela de allá, y le dio a mamá el gajo de la rosa china y dos ladrillos gigantes de dulce de membrillo.
–Hechos bien natural, diez kilos de membrillo hervidos y rallados, y cinco kilos de azúcar. Ni vainillín, ni clavo de olor, nada. Sencillo es mejor.
A mamá se le aflojó un poco la expresión. A ella le encantaba la pasta frola.
La abuela Ñata puso la pava y se sentaron todos alrededor de la mesa a charlar.
Mamá me mandó al almacén a comprar bizcochos de grasa y cubitos para la sopa.
Fui y volví rápido.
Cuando entré a casa, mi abuela de acá le estaba preguntando a la abuela de allá.
–¿El padre de la nena no pregunta por ella?
Y la abuela de allá no contestó nada.
–¿Qué clase de padre es que no pregunta? –volvió a decir.
Entré en la cocina, dejé los bizcochitos en la mesa y guardé los cubitos en la jaula del canario. Ellos se callaron.
–¿Qué pasó con la ropa? ¿Te creés que es una germinación? –me gritó mamá, señalándome con el dedo la dirección hacia el patio.
Me estaba echando.
Mejor. No me gustaba escuchar nada sobre mi papá. Yo lo odiaba. Lo único que sabía de él era que usaba poco jabón para bañarse y que era un miserable.
Me acerqué al fuentón y vi que mi bebé de ropa sucia se había convertido en un cadáver destripado de bombachas, medias y corpiños de la abuela. Tiré el agua en la rejilla, escurrí la ropa, volví a llenar el fuentón con agua limpia, y la hice girar una, dos, tres vueltas. Otra vez me imaginé que era un bebé que chapoteaba, y yo le hablaba y él me respondía.
–¿Tienes frío, hijo? –le pregunté.
–No, no tengo frío, madre –me respondió.
–¿Quieres un poco de té?
–No, gracias, madre.
–¿Estás cansado?
–Sí, quizá estoy un poco cansado –me respondió.
Y después lo enjuagué y lo tendí en la soga hasta que se quedó dormido.


Bañar al bebé (2015), por Estela Getino.

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