miércoles, 7 de diciembre de 2016

El carril de la izquierda

A las jubiladas les encanta nadar estilo espalda. Creen que nadando para atrás, van a reducir el salero de los brazos. O las alas de murciélago.
Van por el andarivel Uno, el de la pared, porque tiene un caño donde pueden agarrarse.
“Un calambre te puede mandar para abajo”, dice la jubilada más dramática de todas. A ella le encanta pasearse por el vestuario desnuda y mostrar sus heridas. “¿Ves este corte acá? Operación de vesícula. ¿Y este hueco abajo? Triple fractura de cadera”. Una sobreviviente de la vida, digamos.
Otra es la jubilada alemana. "Mi marrrido es un clavo”, dice. “Mi sobrrrina es un clavo”. Hace cinco años que vive en Argentina y algo de español… habla.
Está la tranquila: “yo disfruto todo, venir, nadar, cambiarme, todo lo hago disfrutando”. 
Y la jubilada retorcida. “Estoy como el río Paraná; tranquila, tranquila, pero hasta ahí”.
Los nadadores jóvenes y fuertes van al andarivel Tres. Manoplas, vuelta americana, mariposa. Es el andarivel competitivo, donde el pavo real abre la cola. Ahí va la city porteña: contadores, abogados, cajeros del banco, dentistas. Gente complicada. Ellos no necesitan una pared donde agarrarse porque no sienten emociones que los puedan hacer acalambrar.
El otro día el guardavidas se trenzó con uno de ellos. Quería entrar a la pileta con un Gatorade. “¿Sabes leer?”, le preguntó. “¿Qué dice ese cartel?”.
El agua tiene cloro para matar bacterias, ácido muriático para bajar el ph, ¿qué más?
Yo voy al andarivel Dos. Carril unisex, gente madura, metabolismo lento, achacaduras leves (tendinitis, lesiones de espalda o escoliosis).
“No problem”, respondemos, cuando alguien nos choca.
Renunciamos a todas las posesiones materiales menos a la malla y las antiparras.
Hay una modista que tiene un hijo que vive en España y al que adora (“pero él se fue”, le dijo el otro día la jubilada pesimista; como diciendo, “si vive allá es porque no quiere estar acá”). Pero la modista le da para adelante. Bracea sin sentido, contando largos.
Un, dos, tres. Aire.
Hay un matrimonio que hace natación y yoga: “el tiempo y el agua”, dicen, “se nos va de las manos”. Una envidia. Ni el agua me suspende tan bien como a ellos.
Y también una señora que se hizo un by pass gástrico y anda con la gorra de la bandera de Estados Unidos. “Por cuatro dólars me traje dos toallas ultralivianas”. "Por tres dolars me traje este de acá", y señala la cabeza con la mano, es decir: la gorra. 
En algo nos parecemos todos: nadamos. Nos dejamos tocar la cara por el sol.
Al salir, cada uno de nosotros se reencuentra con su propio peso. 
Entonces vamos y hacemos lo que tenemos que hacer.

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