martes, 6 de diciembre de 2016

El chiflado

Salgo de mi clase de portugués y camino junto a una compañera por la calle. Hace un rato llovía y ahora hay un sol que raja la tierra.
Mirá cómo se arregló el día, dice ella.
Sí, le respondo. Qué tiempo loco.
Ella tiene el auto estacionado por ahí nomás y me pregunta si quiero que me alcance hasta la parada del subte.
No, le digo, porque yo voy para otro lado.
Es obvio que no voy para otro lado, porque estoy yendo hacia el subte, pero prefiero quedar como una mentirosa y no como una perturbada mental. Es que me siento mal, y cuando me pongo así, se me escapa Benancio de adentro.
Benancio es un loco que me acompaña desde chica. Una especie de enemigo invisible. Yo lo llamo Benancio, y no “che, loco” o “loco de mierda”, porque eso lo irrita más. Él da indicios antes de llegar, como la tormenta. Presión baja, dolor en las rodillas, golondrinas que vuelan bajo.
Tranquilo, Benancio, le digo.
Pero el atorrante rara vez me hace caso. Aparece y, ¡ahí te quiero ver!
Benancio se viste mal, huele mal, se come las eses y escupe en cualquier parte. Es indomable. Como se levanta tarde, aprovecho las mañanas para ir a natación, a portugués o al dentista. Porque loco con perno es un peligro, lo sabemos todos. El otro día se rompió el calefón y llamé al gasista. Él me dijo, a media mañana estoy por ahí, Doña. Pero era la una y no aparecía. Me clavó, pensé, con todo lo que yo tenía para hacer. Pero no va que a las dos suena el timbre. Benancio se adelantó y abrió la puerta: ¡rajá, gordo inresponsable, vualá! Y atrás fui yo: no quise decir eso, Galindez, se me escapó, perdone. Pero Galindez agarró su cajita y se mandó a mudar. Qué lo parió, le dije al loco. Ya no tengo gasista, electricista, plomero, ni cachemir que ponerme.
Bueno, por eso le dije a esta compañera que prefería que no. Porque no quería quedar mal con ella, o que conociera mis intimidades y las pudiera ventilar por ahí. Porque cuando el germen de la noticia se disemina, no hay quien lo pare. Menos en una clase de portugués.
Así que ahora bajo al subterráneo, previendo que en cualquier momento el loco se despierte, y deseo que venga el tren vacío, o por lo menos con un asiento libre en donde lo pueda controlar mejor.
¿Por qué no tirás a la mierda este paraguas sarnoso de vejete?, me pregunta el loco, con voz de colectivero. Es que esta mañana llovía, quisiera decirle, pero al loco ni cabida. No le sigas la corriente, digo.
Intento distraerme haciendo lo mismo que hace cualquier otro ansioso, que es ir de un lado a otro por el andén. Y así es como se me engancha el paraguas en el escaparate del puesto de diarios.
Che, chupetín bolita, a ver si me acomodá el ropero un poco más p´adentro, le dice al canillita. El canillita, un muchacho joven y pelado, me mira a mí, no al loco, y yo hago señas con la mano, como diciendo, fue el altoparlante, no yo. Y el canillita vuelve a lo suyo, sin entender qué pasa.
¿Te dicen avestruz a vos?, lo vuelve a increpar el loco.
Tranquilo, Benancio, le digo al loco. Y al canillita le digo, disculpe, joven, es que…
Pero al canillita se le ponen los ojos rojos de la furia. Mejor no aclares.
¿Nos vamos calmando?, le digo al loco. Yo ya voy calibrando: cabello con friz, dolor en los juanetes, gallos cantan a deshora. Viene muy mal la cosa.
El subte llega hasta la manija pero subo igual porque el canillita no me saca los ojos de encima. Me acomodo en una especie de burbuja de aire. Siento en contacto físico con seis o siete personas. Incluso siento el latido de un corazón sobre mis pulmones. Obviamente, el corazón ese no es mío. Qué caos se armaría si saliera el loco en este momento, porque además de atorrante, es un guarango. Así que meto la mano en el bolso, como puedo, y saco la fotocopia de los verbos irregulares del portugués para distraerlo. Pero el subte me lleva a un lado, a otro, el bolso derecho se me patina y cuando intento cazarlo, se me escurre el izquierdo con las cosas de natación. Todo cae al suelo, la gorra de silicona, la malla mojada, el shampoo y las antiparras.
Un señor mayor se agacha para ayudarme y levanta la malla mojada con dos dedos.
Pero quién te dio vela en este entierro, Beny Hill, le dice el loco con voz de fumador.
Todo el mundo me mira y yo no sé dónde meterme. Entonces le digo, con mi voz de señorita, como para separar las cosas: muy amable, señor. Él es el loco, yo no. Pero el señor deja caer la malla mojada al piso. Loca de la guerra, me dice.
Permiso, permiso, que me bajo en la próxima, empuja una señora gorda, interrumpiendo esta inesperada relación.
En la puerta del vagón, un hombre bloquea la salida y no se mueve ni un centímetro.
Faltan cinco millones de años para llegar a la próxima, le dice el loco del señor que bloquea.
Ahora resulta que mi loco no está solo. El loco del señor de la puerta es grandote como un lavarropas. Tiene la nariz roja y una chomba demasiado larga para su tronco.
¿Se piensa bajar acá? ¿Piensa saltar?, la increpa otra vez.
Entonces la gorda tiembla como un terremoto y a ella también se le despierta su loca de adentro.
Y ya son tres, Marta, echá los fideos.
No voy a saltar, señor, le dice la loca de la señora. Pero si no empiezo a pedir permiso ahora, no bajo. Así que no sea pelotudo y córrase.
La loca de la señora es una mujer maciza con acento de cubana. Pronuncia “pelotudo” con mucha gracia y nos hace reír a todos.
No se preocupe, Celia Cruz, que cuando abran la puerta con gusto la vamos a dejar bajar, le dicen a la señora los locos de las otras cinco personas que se apoyan contra la puerta de salida.
Cuando por fin el subte se detiene en Plaza Miserere, bajamos todos. Nuestros Benancios, nuestros Adolfos, nuestras Celia Cruz, todos.
Sos una incivilizada, eso es lo que sos, le dice la gorda a su loca.
Viajar en la línea A es de locos, dice el loco del hombre que me alcanzó la malla.
Sos mandadito, vos, ¿eh?, lo reta otro señor al suyo.
Benancio camina a mi lado, ni muy adelante ni muy atrás. Se aclara la garganta y escupe. ¿Hasta dónde vamos, jetona?, me pregunta.
Y qué se yo, le digo. Serás leche hervida, Locatelli.


El chiflado (2016), por Estela Getino.

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