miércoles, 7 de diciembre de 2016

El corazón de la tontería

–Ni mierda, yo no voy a ninguna parte –le dije–. Hace mucho calor.
Mi novela preferida empezaba en quince minutos. En el capítulo anterior, el nene gitano se había enterado de que era hijo biológico de padres con mucha plata.
–¡Mirá, cocorita! ¡No me torees!
Una vez al mes, mamá me pedía que la acompañara al supermercado para robar. Siempre al mismo: un Canguro grande, sin vigilancia, que quedaba lo bastante lejos de casa como para no cruzarnos con vecinos.

Como faltaba una semana para el día de la madre, a la “compra” habitual, tenía que sumarle el regalo para mamá y la abuela.
–¡Vestite, no me hagás repetir!
Cuando mamá se ponía nerviosa, le desenroscaba las patitas a la tele y me dejaba una semana sin novela. Yo tenía otras de repuesto, las del velador, pero todavía no me animaba a usarlas. Así que me puse el jogging, las botas altas de tela de avión y la campera inflable de los bolsillos secretos. Parecía un gusano.
–Te espero en la vereda –le grité.
Capitán iba y volvía corriendo autos por la calle. Cuando me vio salir, empezó a saltar.
–¡Sacame tus patas de encima! –le grité.
Mamá salió con dos bolsas de mandados.
–¡Atá a ese perro!
Tenía puesta la riñonera en la cintura, muy arriba, y un par de anteojos negros. Parecía una ciega.
Agarré a Capitán de la soga, lo arrastré hasta el árbol y lo até.
Caminamos hasta la parada del colectivo y me senté a esperar en el cordón. En la panadería de enfrente, sobre la vidriera, había un cartel con flores que decía, “X 5 Australes Regalá Masas Secas a Mamá en su Día”.
El colectivo llegó rápido.
–¿Sacás vos, má?
Ella agarró unas monedas de la riñonera y me las dio.
–Para vos sacá escolar.
–Hoy es sábado.
Se puso nerviosa y buscó más.
–Me lo hacés a propósito.
–Y yo qué culpa tengo –respondí.
El colectivo estaba lleno pero mamá consiguió sentarse en el asiento de discapacitados. Yo fui al fondo. Mamá me hacía pasar vergüenza.
En la entrada del supermercado, me acerqué al vidrio. Quería ver si había alguien del colegio.
–Vamos –dijo mamá–, no hay nadie.
Me subí el cierre de la campera y entramos.
Hicimos unos metros agarradas al chango y después, en la parte de “Conservas”, nos separamos. Ella se fue para el lado de “Fiambres”, y yo a la parte de “Perfumería y limpieza”.
Pronto encontré el estante de las cremas en lata. Para la abuela, pensé. Agarré una chatita, la apreté contra el pantalón y la hice deslizar hacia abajo. Plin. La latita resbaló por adentro de la bota y se me clavó en el hueso del talón. Me agaché y, con disimulo, la acomodé para atrás.
Di unas vueltas en círculo por el sector “Congelados” y después volví a la góndola de “Perfumería”. Había un alhajero chiquito con forma de corazón. “Made in Hong Kong”, decía.
Es una tontería, pensé. Pero a mamá le va a gustar.
Lo hice patinar por la bota libre.
Listo, ahora faltaba lo del mes.
Piedrita Pómez, bolsillo interno derecho de la campera. Cepillo de dientes, bolsillo externo izquierdo. Tintura rubio ceniza dorado, bolsillo interno izquierdo. Dos pilas para el despertador, bolsillo externo derecho.
Tarea terminada.
Si la fila avanzaba rápido, podía enganchar el final del capítulo de la novela.
Pero cuando empecé a caminar hacia las cajas, una voz ronca me llamó por mi apellido.
–Massolo, ¿qué hace?
¿Sería el director? ¿El profesor de gimnasia?
–Qué jabón te pegaste –, dijo. Era mamá.
–¿Sos o te hacés? –le respondí enojada. Después me colgué del chango y la seguí.
En la fila, mamá trataba de hacer foco en una persona.
–¿Esa que está allá no es Marianita con su mami? –me preguntó.
Desde donde yo estaba, no veía bien.
–No creo –dije–. Mariana los sábados va a patín.
Mamá sabía que lo peor que me podía pasar era encontrarme con la chismosa de Mariana. Y mucho más en esa situación: empujando un chango de arvejas secas remojadas, vestida como una larva y en compañía de una momia. Las orejas me ardieron y me sentí sucia, fea y dientuda.
Hice pie sobre el caño del carrito para ver mejor.
No había ninguna nena.
Respiré hondo, pero el odio que sentí por Mariana se transfirió a mamá.
–¿Por qué mentís?
–Era un chiste –dijo mamá–. Y se rió.
La risa de ella se mezcló con la de un nene que estaba en brazos de su madre, justo adelante de nosotras. Él me miraba y se reía. Tenía los dientes blanquitos, todos en fila y los cachetes rosados.
–Qué te reís, boludito cara de Toddy –le dije en voz baja.
Y mamá me dio un tremendo codazo.
–Quinientos setenta y ocho con cuarenta y cuatro –le dijo la cajera a la madre del nene.
La señora abrió un monedero de perlitas y sacó una tarjeta de crédito.
Trac, trac, hizo. Ese ruido me encantaba.
Cuando sea grande voy tener muchas tarjetas de crédito, pensé.
La cajera terminó de cobrarle a la señora y después dijo: buenos días, el que sigue por favor.
Veníamos nosotras. La chica empezó a meter los códigos de las cosas en la maquinita.
–Doscientos sesenta y cuatro con treinta, señora –dijo.
Entonces mamá acercó los ojos desorbitados a la máquina registradora.
–¿Doscientos sesenta y qué? ¡No puede ser!
Y revisó el ticket, cosa por cosa.
–¡Quieren hundir a la clase media!
Cada vez que le faltaba plata, mamá decía que querían hundir a la clase media.
Una vez la había acompañado al banco a pedir una tarjeta de crédito. Pero el gerente le dijo que no podía porque su recibo de sueldo era “insuficiente”. Entonces mamá lo acusó de “discriminatorio”. Las personas que tienen plata, le dijo al gerente, no necesitan crédito.
La segunda vez que volvimos al banco, armó tal escándalo que tuvieron que llamar a una mujer policía. Yo sentí una vergüenza horrible y me hice la desmayada.
Mamá terminó dejando cinco cosas y pagó la cuenta. Me dio la bolsa más liviana.
Salimos por el lado del estacionamiento para cortar camino. Un señor acomodaba sus compras en la baulera. Tenía las puertas abiertas. Cuando pasamos por al lado de él, sentí ese precioso olor a sol y encierro que tienen los autos estacionados.
En el colectivo, nos sentamos en un asiento de dos.
–Pero si no compré nada –se seguió quejando.
Buscó un paquete de vainillas, lo abrió y me convidó. Le dije que no con la cabeza.
–Con lo que te gustan.
Después dijo que iba a hacer un postre para la noche.
–¿Por casualidad no trajiste una bolsita de nueces peladas?
–No –le respondí.
–¿Y qué trajiste? –preguntó, palpándome el bolsillo secreto de la campera–. No me digas que el regalo del Día de la madre.
–Soltame, ladrona –le dije.
Mamá se rió fuerte y de su boca salió una lluvia de migas.
–Robar es hacer justicia –dijo.
–Y hacé vos, qué me mandás a mí –le contesté.
Ella se siguió riendo.
–Ojalá te mueras –dije entre dientes.
Entonces se calló y siguió masticando.
Sí, que se muera, desee.
Cuando me enojaba con mamá, la imaginaba muerta en un cajón, con un camisón floreado, la riñonera apretada en la cintura y los anteojos de ciega. Yo estaba al lado de ella, vestida de azafata. Y la abuela, cerca de nosotras, arreglando flores.
–Qué vida tan desgraciada ha tenido tu madre –decía la
abuela–. Deslomarse toda la vida para nada.
–¿Y yo qué soy? –le contestaba en mi fantasía–. ¿Qué mierda soy?
Cuando imaginé todo eso en el colectivo, me dio una tristeza tan grande que casi me pongo a llorar.
Pero mamá se empezó a reír de nuevo.
–Hasta que no cumplas los dieciocho sos mi responsabilidad.
Llegamos a casa. Saqué las cosas robadas y las dejé sobre la mesa de la cocina. Después fui a mi pieza, escondí los regalos para mamá y la abuela en el ropero, y encendí la tele. La novela había terminado.
Capitán arañó la puerta y empezó a ladrar.
–¡Ese perro está esperando a que yo llegue! –gritó mamá desde la cocina.
Salí de casa, lo agarré de la soga y lo arrastré otra vez hasta el árbol. Le di cuatro vueltas e hice cinco nudos.
–La próxima te hago perder en un baldío –lo amenacé.
Capitán no entendía nada, pero se calló. La soga le había quedado bien cortita.
Volví a mi pieza de mal humor. Me tiré en la cama, frente a la tele.
En la propaganda, pasaron los avances del próximo capítulo.
Los padres gitanos, en la cárcel, lloraban y decían que el chico a ellos se los habían regalado. Los padres biológicos abrazaban al nene, que ahora tenía flequillo y ropa limpia. Y el nene lloraba, no sé si de alegría o de tristeza.
Mamá entró en la pieza y me tiró una frazada.
–Tomá, va a refrescar a la noche –dijo
Yo la agarré en el aire.
–Pareces una loca revoleando cosas –le dije.
Mamá me miró, seria. Después me tiró una bolsa con algo duro adentro.
–Un regalo para vos –dijo.
Era un alhajero de fantasía. Un corazón como el mío. Igual al que yo había robado para ella.
–Una loca de remate –repetí.
Mamá se desternilló de risa hasta ponerse colorada.
–¿Y qué? –respondió.


El corazón de la tontería (2015), por Estela Getino.

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