martes, 6 de diciembre de 2016

El espejo de Narciso

–Pero este chabón es insoportable.
El asistente de dirección no se lo fumaba más. Yo le había dicho al planillero del sindicato que no lo trajera, ya habíamos tenido problemas con ese extra.
–Llevatelo de acá, Mosca. A-ho-ra.
–A mí me hicieron un primer plano y yo quiero ver la toma por el video assist.
El extra estaba re denso.
–Pero qué primer plano, negro. Si estabas a más de cien metros… ¿te creés que filmamos con microscopio?
–Todos vieron cuando me enfocaron. Me hicieron una toma de acá a acá – y señaló desde el pecho hasta la cabeza–. Lo que quiero es hablar con el inspector de la Asociación Argentina de Actores.
–Vos vas a esperar al corte final –le dijo el asistente. –Y vos –dirigiéndose a mí- ¿no te había dicho yo que este tipo no podía pisar nunca más un set mío? ¿Te dije o no te dije, "chepibe"?
Avergonzado y obediente, me acerqué al extra y lo enlacé del brazo.
–Vamos, Narciso.
En realidad se llamaba Raúl, pero yo le decía así porque era igual a Narciso Ibáñez Menta: alto, flaco, con una barba satánica.
–Sigamos esta discusión en la motor home.
Narciso caminó conmigo pero siguió quejándose a los gritos, con esa voz profunda y reverberante que tenía. En otras épocas, él había sido conductor de un noticiero en Canal 9.
–¿"Chepibe" te llama tu jefe? Bueno, "chepibe" querido, yo no me voy a ir del set hasta que aparezca el inspector.
–¿Qué inspector? Yo voy a llamar al Lepore, al planillero.
Entonces agarré el handy que tenía enganchado a la riñonera.
–Mosca para producción, Mosca para producción.
–Tito te copia, Mosca.
–Tito, dame una mano para encontrar a Lepore.
–¿Lepore? ¿El de la inmobiliaria?
–No, boludo, el planillero del Sutep.
–Ah, dale. Termino de armar Agencia y te doy una mano.
Cuando llegamos a la motorhome, el director estaba saliendo.
–¡Qué carucha, master! –me saludó.
Yo tragué saliva. Por orden del asistente, el director no se tenía que enterar de ningún quilombo.
–Todo tranqui, Campa, todo tranqui –le dije.
Pero Narciso se envalentonó y se me soltó del brazo.
–Juan José, un gusto –y le dio la mano–. Mire, estamos acá por algo muy grave.
–Nada, Campa, nada –lo interrumpí, guiñándole un ojo– después nosotros te explicamos bien.
Él entendió enseguida y se fue, haciendo como que hablaba por celular.
–No sé vos pero yo voy a parar el rodaje –me amenazó. Entonces lo agarré más fuerte y empezamos a discutir.
Justo en ese momento, apareció Lepore con una factura en la mano y un vaso de café en la otra.
–Pará, macho. No lo zamarriés. Eso es discriminatorio.
–Lepore, largá la factura y hacete cargo de este loco.
–¿Pero qué te pasa? No te pongás nervioso.
Entonces Lepore y yo empezamos a pelotear. Algunos eléctricos se acercaron pensando que Lepore me convertiría en un acordeón con una sola mano. Él era un ropero. Pero pasó algo inesperado.
Narciso cayó al suelo, empezó a soltar espuma por la boca y a temblar como loco.
–¿Y ahora? –pregunté.
–Una convulsión –dijo Lepore lo más pancho, como si nuestra discusión nunca hubiese ocurrido–. Llamá al médico de rodaje, capaz es un ACV.
Entonces manotee el handy.
–Tito, Tito para Mosca. Es una urgencia.
–¿Otra vez vos, flaco?
–Mandá el doctor a la motor, ya.
–No llegó todavía.
–Pero si estaba citado para las 6.
–Qué se yo, me acaba de mandar un mensaje de texto. Tenía acto en el jardín de la nena.
Narciso se sacudía con violencia y Lepore se acercó para acomodarle el cuerpo de costado.
–Hay que ponerlo así para que no se lastime, lo de la lengua y eso, no va más –y después, agregó – Si no hay médico estás en problemas… bueno, “están”. Así como lo ves, este es jodido. ¿Tienen la ART al día ustedes?
Me agaché para ver si en los bolsillos de Narciso encontraba un documento y el carnet de obra social. Pero solo encontré unas monedas sueltas y un pequeño espejo de mano.
–Tito, llamá al Same –insistí por el handy –hay que llevar un extra al hospital.
–¡Uy, pero en media hora paramos a comer!
En la ambulancia, Narciso, ya sin convulsiones, se negó a dialogar con nosotros.
–Cuando venga un abogado voy a hablar.
–Bueno, bueno –le respondió Lepore, como si conversara con un chico o con un loco. Yo traté de no seguirle la corriente.
La ambulancia pegó una frenada y el camillero abrió la puerta de atrás.
–Ahora que estás mejor, papito, vas a bajar caminando.
En la guardia me preguntaron un montón de cosas, pero yo no sabía nada de la vida de él, si se drogaba, si tenía colesterol o la presión alta, si tomaba pastillas anticonceptivas, nada. Tampoco sabía Lepore. Sólo tenía conocimiento de que Narciso vivía en una pensión de Once.
–¿Con la huella digital no se puede saber?
Mientras tanto, a Narciso lo movían de un lado a otro, en una silla de ruedas, porque estaba interrumpiendo el paso de la guardia.
–Ahora cuando terminen con el service del tomógrafo lo llevamos –nos tranquilizó el planillero.
A Narciso se lo veía contento, en su salsa. Ahí, en el medio del pasillo, era el centro de atención.
Lepore se levantaba y se sentaba cada dos minutos.
–Justo es el cumple de mi hija la del medio.
Se notaba que se quería borrar. Pero le sonó el celular: era el vicedirector del sindicato.
–No me hagás esto, Velazco. Mandame un planillero de reemplazo. Él está bien atendido, además hay un pibe de producción. Bueno, ¿entonces me voy? Pero la puta madre, yo no me puedo quedar acá toda la noche, ¿entendés?
Después cortó y se sentó al lado mío.
–Lindo elemento traés, Lepore –le dije–. Te dije que no lo trajeras más. Siempre se las ingenia para armar algún quilombo.
–¡Y qué querés! Me da pena el chabón, está en la lona.
Después de esperar unas cuantas horas, lograron hacerle una tomografía y el médico de guardia se acercó a nosotros.
–Bueno, queda descartado un ACV. Acá él tenía una historia clínica. Era epiléptico y se ve que no estaba tomando la medicación.
–¿Entonces le van a dar el alta?
–No todavía. Va a quedar en observación unas horas más, hasta que se estabilice.
El médico se retiró y Lepore y yo volvimos a tomar asiento.
–No es mi día, no es mi día –se quejó.
Y a mí me entró un sueño de novela.
Serían las seis de la mañana cuando sentí un apretón en el hombro que me sobresaltó. Era Narciso. Miré hacia los dos lados. Lepore se había rajado, cuándo no.
–Vamos, pibe, llevame a mi casa.
Le habían dado el alta ya, o eso parecía. Por las dudas, yo prefería no preguntar. Agarré el celular y llamé a la agencia de remises.
–Que sea un auto con cuenta corriente –pedí.
Como a los veinte minutos íbamos en dirección a Once.
–Pibe, si me salís de testigo te doy un veinte de lo que agarre.
–¿Testigo de qué?
Lo que quería Narciso era iniciar inmediatamente un juicio a la productora.
–Calculo que con un veinte te podés hacer una moto.
Una moto, pensé. Yo vivía en Burzaco e ir y venir a las filmaciones, con los horarios, se me complicaba bastante. El Roca no andaba toda la noche.
–No jodás –le dije. Si yo le salía de testigo, no trabajaba nunca más en publicidad y la moto la iba a tener que usar para repartir pizza.
Narciso señaló la cuadra donde vivía pero pidió que lo dejáramos en la esquina. No quería que supiésemos cuál era la pensión.
–Si te arrepentís, ya sabés, comunicate conmigo a través de Lepore.
El remise arrancó.
–Ahora vamos hasta Burzaco.
–No, pero yo con cuenta corriente no voy a provincia, ¿vos no avisaste a la agencia? Te dejo en Constitución si querés.
En el tren, todos los asientos estaban vacíos. A esa hora, nadie iba para el sur. Abrí la ventana y apoyé la cabeza contra el marco.
Yo estaba por cumplir los treinta años, no daba seguir siendo runner. El cuerpo pronto me iba a decir basta. Y por las perspectivas y los contactos que tenía, era difícil que me convirtiera en director, ni siquiera en primer asistente.
Entre cavilaciones o, mejor dicho dormido, sentí por segunda vez un apretón en el hombro. Era el guarda.
–Este tren no sale –dijo.
Estábamos en Alejandro Korn, me había pasado cuatro estaciones. Ya eran las ocho y no iba a hacer a tiempo a bañarme y volver al rodaje.
Agarré el celular y escribí un mensaje de texto para el asistente.
–No voy recién dan alta xtra.
A los dos minutos, llegó la respuesta.
–tomate taxi estamos en el horno.
Guardé el celular en la riñonera y me metí en un local de Ugi´s. Pedí media pizza y una 7up y me senté en una mesa. Si me quedaba sin trabajo, podía pedirle ayuda a Lepore, algún bolo. Después, separé una aceituna. Qué extraño, las Ugi´s no traían. Estaría bueno armar una cadena así pero con un poco más de onda, pensé. Cuando me levanté de la silla, sentí un pinchazo a la altura del bolsillo. Me había olvidado que guardaba el espejo de Narciso. ¿Para qué lo querría? Después caminé hacia casa. Eran las nueve. Ya vería qué hacer.


El espejo de Narciso (2015), por Estela Getino.

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