martes, 6 de diciembre de 2016

El gato en la rama

Ayer domingo, al mediodía, escuché una sirena y salí al balcón. En la vereda, estaban un patrullero y un camión de bomberos.
¡Siempre que invito a la familia a almorzar ocurre algún imprevisto!, me dije. Bajé preocupada porque todos estaban por llegar.
Los bomberos, los policías y un vecino, miraban para arriba.
Humo no había.
Una vecina grababa con la cámara de su celular.
Un suicida, pensé.
A los dos minutos, bomberos y policías subieron a sus móviles y arrancaron, sin darme tiempo a preguntar.
Falsa alarma, sería.
Subí. Menos mal que el ascensor, que es bastante viejo, andaba bien, porque, como dije, cada vez que hago reunión familiar ocurre algún imprevisto.
Como a las cuatro de la tarde, los comensales empezaron a irse y volví a bajar.
Ahora había un camión de bomberos más chico que el anterior, con las iniciales PFA.
Dos bomberos y una vecina miraban para arriba. ¡Yo no veía nada! ¡Qué misterio! Quería preguntar pero me daba cosa pasar por chusma.
Entonces, volví a subir y me asomé al balcón.
En la copa de un árbol de innumerables y enmarañadas ramas secas, en el centro del rizoma, había un gato negro chiquito.
Pobrecito. Pero los bomberos y la vecina estaban ahí, tramado la lógica del rescate. Si metían la escalera por entre medio, las ramas se quebrarían, haciendo caer al gato desde una distancia de seis metros.
Estaba difícil la cosa.
A la noche, cerca de las 20, bajé con la basura. Ahora, debajo del árbol, había una mujer policía y dos vecinas que iluminaban la rama del árbol con una linterna.
El pobre gato temblaba de miedo y de frío.
Subí pensando en escribir alguna huevada en el facebook, como ser: si los policías y bomberos dedicaran el mismo tiempo a los seres humanos, o cualquier otra boludéz que se nos suele ocurrir en estas situaciones, pero, mientras la pensaba, el ascensor se atoró a mitad de camino y la escalada me distrajo del asunto. Qué suerte que se rompió recién ahora, me dije, al final hoy no ocurrió ningún imprevisto.
Me fui a dormir, apagué el velador y a los dos minutos escuché al gato llorar. Los maullidos entraban por el living, por la cocina, por la habitación, por el baño. Qué joda tener tantas aberturas.
Con angustia y todo, porque una no es de madera, me quedé dormida (tener veinte invitados en casa no es algo que me ocurra seguido).
Pasada la medianoche, me desperté con el corazón agitado.
El gato ya no lloraba. ¡Pobre de él! ¿Por qué no me levanté antes? ¡Si hubiéramos puesto un colchón en el piso seguro lo salvábamos! ¡Dios mío, los vecinos de Balvanera nos estamos volviendo muy insensibles!
Fui hasta el balcón.
El farol de la calle iluminaba al árbol seco, que ahora parecía un esqueleto inerte. El gato ya no estaba en la rama y sobre la vereda tampoco se veía el cadáver.
El gato, pienso, aprovechó el momento en que lo dejaron tranquilo para bajar rama por rama hasta llegar al tronco. Las ramas del árbol podían soportar su peso. Si no, ¿cómo había subido?
O eso quiero creer ahora.
El día está demasiado lindo como para empañarlo con desesperanza.

A fin de cuentas, todos estamos hechos un poco de carne, y otro poco de ramas secas de árboles enredados.

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