martes, 6 de diciembre de 2016

El guardavidas

Nade, si a usted le hace bien, nade, me recomendó el psiquiatra.
Entonces fue como conocí al guardavidas y me enamoré de él.
El guardavidas es alto, grueso, oscuro como un roble, silencioso. Antes de sentarse en el estrado de vigilia se pasea por la orilla de la pileta. Va de acá para allá, mirando que estén alineadas las banderas de peligro.
Yo braceo mientras miro de reojo. Respiro para un lado y está él, respiro para el otro y también está él, papando moscas.
Me gusta porque es valiente y porque conoce las técnicas de resucitación. Dicen que ha salvado a mucha gente en el mar.
Ayer soñé con una tempestad. El cielo estaba oscuro y el agua era densa como el acero. El guardavidas luchaba contra la cabeza de una ola.
Siempre lo saludo, cuando llego y cuando me voy.
Guarda-vidas.
Él hace todo muy despacio, en cámara lenta, se da el gusto de vivir poco a poco.
Los que nadamos, en cambio, somos rápidos y torpes. Nos golpeamos y nos insultamos para llamar su atención.
Calma, calma, dice. Si hay conflicto cierro la pileta y no-nada-nadie.
Desde que está él, no ha pasado nada grave. Ni un ahogado, ni un cuerpo flotando boca abajo.
Doctor, le dije al psiquiatra, tengo pesadillas con el mar.
A ver, cuénteme.
Una ola se levanta y adquiere proporciones extremas. De pronto la ola rompe y yo quiero correr pero las piernas no me responden. La ola me atrapa con su espuma y su sal. Me traga, doctor, y yo sufro porque no quiero morir.
¿Cómo es el mar?, pregunta él.
Traicionero, doctor.
Me ha pasado en Villa Gesell, hace muchos años, que mis hermanos entraron en el mar después de una tormenta. El fondo estaba lleno de pozos, ellos se cayeron y los tapó una ola. Nadé hacia allá para salvarlos y ellos se agarraron de mí. Estábamos tan tensos que nos fuimos para abajo. En el fondo todo era azul: arena removida, caracoles molidos, burbujas de agua.
Mamá nos vio desde la orilla y llamó al guardavidas. Sonaron los pitazos y encendieron las bengalas reglamentarias. Nuestro salvador avanzó hacia nosotros abriendo una herida blanca en el mar. Y al fin nos pescó a los tres con su brazo de ancla.
Otra vuelta casi me ahogo en Río Tercero. Quería demostrarle a mamá que podía cruzar el brazo de un río nadando. Pero al llegar a la mitad de camino, un árbol se me enredó en las piernas.
Volvé, volvé, gritó ella.
Un árbol debajo del río. Con sus ramas, sus hojas, sus pájaros asomándose.
Permanecí un momento sin saber qué hacer, resignada en mi derrota.
Volvé, volvé, volvió a gritar mamá.
El río es un poco como el mar, doctor. Más calmo pero también sueño con él.
Riobaldo, Riobo, Valerio, No sé cómo se llama mi enamorado. Solo sé que es joven y que cuando me mira, me olvido de mí.
Ahí está ahora, en su banquito alto, en su altar, en su torre de bañero. El sol le pega en la espalda y enciende su melena de cobre.
Es fuerte, expedicionario, buscador de objetos perdidos de la parte honda.
Mi guardavidas habla con el sacahojas, con las tablas de flotar, con las boyas.
Nade, si a usted le hace bien, nade, me repite el psiquiatra.
Cuando los oídos se tapan y la piel se arruga, sé que debo salir de la pileta y despedirme de él.
Chau, le digo. Mi lobo de mar, mi monstruo marino, mi guardavidas. Es hora de volver a la tierrita.


El guardavidas (2016), por Estela Getino.

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