lunes, 19 de diciembre de 2016

El loro en la jaula

En la esquina de la casa de mi abuela, vivía una señora que se llamaba Ramona.
Ramona tenia una hija que trabajaba de prostituta y una nieta que le llevaba a su madre, es decir, a la prostituta, 14 años de diferencia.
La nieta se llamaba Daniela. Del nombre de la prostituta no me acuerdo. Había un hombre desdibujado en la casa, el marido de Ramona, y también un loro en una jaula. 
Ramona le decía "hija" a Daniela. Daniela le decía "mamá" a Ramona. La prostituta le decía "Daniela" a su hija. Y su hija, Daniela, le decía "hermana" a su propia mamá.
Pero en el barrio todos sabían quien era quien: la mamá de la prostituta, la prostituta y la hija de la prostituta.
La casa en donde vivían era una caja de zapatos. Un cubo de ladrillo hueco a la vista que mediría, como mucho, cincuenta metros cuadrados.
Después, alrededor de la casa, había un garaje con techo de chapa, una gallinero y un terreno con tres limoneros, jazmines, rosas y caminitos de piedra. En el medio del jardín, un banco de plaza.
Los domingos, la prostituta visitaba a su madre y le ayudaba a lavarse el pelo. Ramona tenía el pelo larguísimo. Decía que nunca, pero nunca, se lo había cortado.
Con la ayuda de su hija, es decir, de Daniela, la prostituta metía la cabeza de Ramona en la pileta de lavar la ropa y le masajeaba el pelo con shampoo hasta que salía espuma. Después se lo enjuagaba, se lo peinaba y, por último, le hacía una trenza y se la enroscaba con invisibles en la cabeza.Tardaba bastante.
Al atardecer, se sentaban las tres en el banco del jardín a tomar mate, comer facturas y enseñarle al loro a hablar.
"La cucara-cha, la cucara-cha... ya no puede caminar", le cantaban.
El loro repetía una y otra vez la canción y las mujeres se mataban de risa.
Así hasta que se hacía de noche, una se iba, las otras se metían en la casa, y afuera quedaban el loro en la jaula, el viento y el murmullo de las ligustrinas.

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