miércoles, 7 de diciembre de 2016

El meteorito

Cuando cumplí nueve años, mamá me dijo que los Reyes no existían.
–Es un invento de los curas –dijo–, así que no rompas las bolas con lo de la carta.
La verdad es que yo sabía.
–Como le digas a tus hermanos, te mato –agregó.
Ellos también sabían.
Un día después de que yo me hubiera enterado, les conté a ellos.
Mamá no tenía plata. Papá sí. Y él mandaba por avión todos los meses para la cuota de la escuela, profesora particular de inglés y natación. Pero para los regalos de cumpleaños o Reyes, no mandaba nada.
Por eso mamá ahora se veía en la obligación de derribar el mito.
–Un invento de los curas y de Coca Cola –repitió.
Este año, mamá no nos había dado plata para el pesebre y la abuela tampoco porque los remedios del tío Norman habían aumentado. Entonces, con mis hermanos, clavamos una rama de pino en el cantero y armamos el pesebre con lo que teníamos: un soldadito de plástico, Hijitus y el Indio Apache.
–Quedó lindo –dijo el más chiquito.
Pero la verdad, era un pesebre de mierda.
Lo que nos preguntábamos con mis hermanos ahora era quién nos dejaba los regalos. A los Reyes Magos del desfile, ya los habíamos descubierto.
–Gaspar es Mocho, el catequista –adivinó mi hermana menor.
Esa era fácil. A Mocho le faltaban tres dedos.
–Melchor es el la señora de Mocho y Baltasar, el hijo de Mocho pintado con carbón –completó mi hermanito.
¿Sería mamá la que se levantaba a medianoche? No, eso no podía ser. Ella tomaba Valium. La abuela, con el tema del reuma y eso, menos. ¿Quién, entonces?
Cuando mis hermanos y mamá se fueron a dormir, armé una casita con bancos al lado del pesebre, me escondí y me quedé dormida. Me despertó el olor a cigarrillo. Estaba saliendo el sol. Espié por un agujero de la lona.
Ancho, encorvado, haciendo un asqueroso silbido al respirar: el tío Norman.
El tío venía vestido como siempre, con la camiseta de Témperley y las botas de lluvia.
Usaba botas de lluvia todo el año, aunque no lloviera.
–Uando sea grande, iero ser bombero –decía.
Lo que Norman no sabía, es que ya era grande.
Y que, además, sufría un retraso mental.
La abuela lo mandaba a hacer todo como si fuera su secretario o una sirvienta. “Llevá el perro a la veterinaria, cortame el pasto, regale las plantas a la Chiche, andá a buscar a los pibes de la Chiche a la escuela”.
Yo odiaba que nos vieran juntos porque los compañeros nos cargaban.
–¡Opa! ¡Opa! ¡Opa! –decían.
Una cosa era el tío, que sí era, y otra éramos nosotros, que no.
Era grande y canoso. Tenía los ojos saltones, los cachetes colorados y se la pasaba todo el tiempo tocando el pito.
–Sáquese la mano de ahí, Norman –lo retaba la abuela.
Cuando el tío estaba solo, se daba el lujo de mandonearnos.
–Voj hacé lo que shó te digo –decía.
–Vos no sos mi padre –le respondía yo.
El tío terminó su cigarrillo, hizo un agujero en la tierra y enterró la colilla. No se molestó en tirar el pasto, ni el agua, ni en cambiar de lugar los zapatos. Dejó los regalos y se fue.
Dejé pasar cinco, diez minutos. Después salí de mi escondite. Agarré mi regalo y lo abrí. Era una barbie trucha. Una muñeca hueca con los ojos giratorios. Era tan fea que, en vez de vestido de fiesta, tenía puesto un batón como el de la abuela.
Yo había pedido una bicicleta con palanca de cambios.
O un helicóptero a control remoto.
O un telescopio.
Me metí en la cama con bronca.
Soñé con papá: venía cruzando el cielo en un avión. El avión se partía en dos. Las personas caían sonrientes en paracaídas. Las camisas planeaban como los barriletes. Llovían bombones y yo los agarraba con la mano y me los comía. Después aterrizaba papá, con un diario abajo del brazo y una lapicera colgada en el bolsillo de la camisa.
–¿Qué comieron? –preguntaba.
–¡Pizza y sopa! –le respondíamos.
–Pizza y sopa no es comida –decía él–, voy a hablar con tu madre.
Siempre me despertaba en esa parte del sueño.
Al día siguiente me levanté tarde. Mis hermanos jugaban a la paleta en la cocina. El más chiquito, sin querer, le dio un pelotazo a mamá.
–¿Pero tengo un imán, yo? –gritó.
Mamá hablaba por teléfono.
–¡Dios nos libre! ¡Lo único que faltaba!
–¿Estás hablando con mi papá? –la interrumpí.
–¡Pero qué papá ni papá! ¿No ves que estoy con la abuela?
Y después siguió hablando por teléfono.
Cuando cortó, me llamó.
–Vos que sos la más grande, da el ejemplo.
Y me contó que esa misma madrugada, el sodero había atropellado al tío Norman y que ahora estaba internado en el Hospital.
Me sentí rara. Yo había deseado la muerte de Norman.
–Mamá, si el tío muere, ¿va a volver papá? –pregunté. Y mamá me dio un cachezo que me dio vuelta la cara.
–¿Pero qué tiene que ver el culo con las pestañas? –me preguntó.
Desde ese día empecé a hacer las camas, los mandados, y a separar a mis hermanos cada vez que se agarraban a las piñas.
–¡Levanten las patas, levanten las patas! –les gritaba, pasando el secador.
Algunas noches, venía la abuela. Estaba triste y hablaba poco. Si Norman se moría, la abuela también moriría de pena. Y entonces mamá, se tiraría debajo de un tren. ¿Y quién nos iba a cuidar a nosotros?
Yo me había convertido a la fuerza en ama de casa, pero todavía era chica. La noche me daba miedo. Más las noches de viento. Los repasadores de la soga se movían como fantasmas. “Norman”, “Norman”, parecían decir.
Los días pasaron y pasaron. Fue un alivio que empezaran las clases.
Pero una tarde, saliendo de la escuela, recibimos la sorpresa.
–¡Opa! ¡Opa! ¡Opa! –escuchamos.
Nos había venido a buscar el Rey Mago: el tío Norman.
Venía con la camiseta de Témperley, las botas de lluvia y el cierre del pantalón bajo.
–¡Tío, tío, viniste! –le gritaron mis hermanos, contentos.
Yo lo miré desilusionada.
–No quiero ir con vos –le dije.
–Voj hacé lo que shó te digo –respondió.
–Vos no sos mi padre.
Y me fui corriendo.
Mis hermanos se quedaron con él. Me llamaron a los gritos. Pero yo corrí y corrí y corrí.
Lo que menos quería era ir a casa. Pero sabía que en algún momento iba a pasar. Entonces le escribiría una carta a papá.
Querido papá. ¿Tú estás bien? Yo sí. Pasé a tercer grado y voy progresando en natación. Ahora tengo 9 años. Cuando puedas me gustaría que me compres un telescopio. ¿Cómo andás de la hernia? Y también ocho pilas. Bueno, las que vos puedas. Espero que vengas pronto, porque te extrañamos. Yo, en particular.
PD: ¿Te acordás cuando yo te dije que soñé con vos? Ayer y hoy soñé con vos. Vos venías en un avión y un meteorito lo chocaba y lo partía al medio. Papá, cuando vengas decime qué vuelo tomás.


El meteorito (2014), por Estela Getino.

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