lunes, 5 de diciembre de 2016

El nebulizador


A los cinco años me diagnosticaron asma.
Yo era bastante conocida en el Hospital Gandulfo por llegar azul a que me conectaran a la garrafa de oxígeno.
Un día, el médico le sugirió a mamá que comprara un nebulizador.
Ella vendió su alianza y con la plata compró un nebulizador moderno de plástico, liviano.
Ese aparato no sirvió de nada porque no tenía potencia.
Entonces recurrimos a los ahorros de la abuela y compramos uno de turbina. Un aparato azul metalizado, de diez quilos, con base cuadrada de fórmica. Una bomba de agua, digamos.


Ese nebulizador fue el amigo invisible de mi infancia. Al él me unían el amor y el odio.
Por las noches, me protegía de la asfixia y, a la vez, me convertía en su esclava.
Si iba a lo de la abuela, tenía que llevarlo. Si iba a lo de mis tíos, tenía que llevarlo. Si iba a Lima, a visitar a mi viejo, tenía que llevarlo.
Para moverlo de un lado a otro había que meterlo en un bolso gigante y cargarlo entre dos, uno de cada lado.
Una vez mis padrinos me invitaron a Río Tercero. Ellos iban en auto y en la baulera llevaban la carpa, los cacharros, el calentador y la ropa. En el asiento de atrás, que yo podía haber ocupado con algún hermano, íbamos mi nebulizador y yo. No entraba nadie más.
A los doce años, yo había ganado ciertas licencias para manejarme sola. Viajar en colectivo, en tren, preparar mis propias nebulizaciones.
Fue en ese momento en que mi relación con el nebulizador se tornó viciosa. Después de la solución fisiológica, yo le ponía las gotas de brondilatador. Pero no diez, como decía mamá, sino veinte. A veces treinta.
Y qué bien quedaba. Volando por las nubes de la taquicardia.
Un día mamá me descubrió y habló con el médico. Él le dijo que, poco a poco, fuera reemplazando las nebulizaciones por el puf. Lo cual fue peor, porque a los catorce ya era adicta a las dos cosas.
Bien entrada a la adolescencia, para la época de los cumpleaños de quince y los bailes, quise terminar con esa relación tóxica.
Tomé la decisión de abandonar a mi viejo amigo y, milagrosamente, los alveolos me acompañaron.
Le pedí a mamá que se deshiciera del aparato.
Hay que quemarlo, le dije. Hay que molerlo a martillazos.
Ella dijo que esperara un poco más pero que, sin dudas, lo íbamos a hacer algún día. A ella el ruido del motor también la tenía podrida y enferma.
A los dieciocho años yo fumaba, no tenía ni un síntoma de asma, me fui de casa y me olvidé por completo de mi nebulizador.
Creo que mamá lo vendió como antigüedad en una feria del trueque en los noventa.
Ahora mis pulmones andan bien. No fumo, nado, hago deportes, los mantengo en forma.
Pero todas las primaveras me acuerdo de él.
Nunca me hice una foto con el monstruo.

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