lunes, 5 de diciembre de 2016

El patio

Una vez mi mamá se “hartó de la miseria”
Entonces agarró “nuestros ahorros” y llamó a un albañil para que hiciera un patio en el frente de casa.
Por “nuestros ahorros” se refería a su aguinaldo más ciento cincuenta dólares que nos correspondían a mis hermanos y a mí. Plata que nos había mandado papá por correo escondida dentro de una tarjeta musical. “De parte de papá Noel” decía la tarjeta, “jo jo jo”.
Esos dólares los íbamos a usar para ir a Chapadmalal o Punta Mogotes. Tren en turista, pensión completa, tobogán de agua. Ya habíamos sacado las cuentas.
Pero mamá cambió de opinión y dijo: todo el patio de mosaico de granito quiero. Y un buen pulido fino.
¿Quién la iba a contradecir?
Pero, a mal tiempo, dicen, buena cara.
Nos la pasamos todo el verano tirando agua y detergente, patinando con los pies, resbalando con las rodillas, o la panza, y organizando concursos de break dance en esa superficie brillante.
La mayoría de los patios de la cuadra eran de cemento alisado.
Entonces, tener un buen piso era una forma de hacerle frente a la miseria.
Si hasta recuerdo que, durante dos o tres meses, incluso me sentí un poquito superior.


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