lunes, 5 de diciembre de 2016

El Rabino

Dejé de fumar hace tres años y medio. Si me preguntan cómo hice, respondo que gracias a un significante: Rabino.
No soy judía. Soy católica, pero tampoco estoy muy segura de serlo. Creo en la existencia de una energía universal, y también en la de algo “despegable” del cuerpo: el alma.
El día que entré al consultorio del doctor Rabino, con una mancha en una resonancia magnética de cerebro, fue como entrar en una sinagoga, y eso que yo nunca estuve en ninguna.
Sentí miedo y sumisión.
El doctor miró las imágenes en ese aparato que también sirve para ver radiografías.
¿Fumás?, me preguntó.
Sí, contesté.
Entonces se paró frente a mí. La luz de la caja iluminó el contorno de sus canas despeinadas. Después soltó un sermón que escuché hasta la mitad mirando para arriba y, la segunda parte, con la cabeza gacha.
Lo de la mancha no era nada. Pero podría ser si no dejaba de fumar.
Al salir del hospital y por unos cuantos meses, de mi oreja izquierda salía un angelito con un cigarro en la mano, y de la oreja derecha, el Doctor Rabino con un látigo.
Descubrí que adentro mío había un ser muy religioso.
Me costó dejar de fumar, claro. No es fácil.
Casi cuatro años después de aquella primera visita, volví a su consultorio. Esta vez no podía respirar por la nariz.
Cuando escuché “Getino” por el altoparlante sentí miedo. ¿Me preguntaría “tomás vino”, “comés chocolate”, “vacío o tira de asado”?
Nada de eso pasó. El doctor Rabino estaba de mal humor, apurado.
Tenía desenchufada su luz interior.
Volvé sin turno en quince días, me dijo, ordinario. Y me dio dos recetas de corticoides. RP/ rinitis alérgica, escribió.
Salí a la vereda riéndome de mí misma.
¡El alma! ¡Esa parte despegable del cuerpo! La mía bien podría llamarse “Chirolita”.
Caminé hacia la esquina y el significante “rabino” se esfumó.
¿Cuál sería mi próxima palabra? ¿En qué creería ahora?
Sentí ansiedad. Pero no fumaría. No. Nunca más.
Aunque me vendría bien un trago, pensé. Unas cuadras más arriba, sobre Entre Ríos, había un bar que a esta hora de la tarde se llenaba de parroquianos.

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