lunes, 5 de diciembre de 2016

Entre Ríos

Voy caminando por la vereda de Congreso, que es bastante ancha, y de frente veo venir a una chica en silla de ruedas con un chico que la empuja.
La trae rápido, haciendo zigzag. La chica grita y se ríe como si estuviera en la montaña rusa o en los autitos chocadores.
Ella es pelirroja, muy blanca y bonita. Debe de tener quince años. Él aparenta un poco más, diecisiete o dieciocho. Tiene toda la cara roja y transpirada. Él también se divierte.
No es su hermano ni su amigo, pienso.
Si fuera su hermano, la empujaría con responsabilidad y hasta cierto desgano, porque las discapacidades son cansadoras. Y si fuese su amigo, la empujaría con inseguridad, porque la compasión nos vuelve temerosos y complacientes.
Para mí es su primo. Fraternal y espontáneo. Un poco inconsciente. Piensa que empujar una silla es un juego.
Sigo caminando y a las risas y a los gritos de la chica, se suman los bocinazos de los colectivos y un imitador de Sergio Dennis que se acaba de instalar en la plaza con un parlante. 
Cómo es de conmovedor el sufrimiento cuando es así de silencioso.

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