martes, 6 de diciembre de 2016

Reserva


Voy a la Reserva ecológica desde hace mucho tiempo. Siempre me pareció el mejor refugio de esta ciudad. Antes iba a caminar. Ahora voy a trotar, o a correr, según. Eso depende de mi rótula, la parte más pesimista de mi cuerpo.
Capaz algunos de ustedes conocen la Reserva. 
A la mañana no suele ir mucha gente. Algunos corredores, ciclistas, jueces con guardaespaldas, personas que van a caminar.
Es la mejor hora porque los animales, sobre todo las aves, andan de acá para allá, seduciendo con su canto. 

Halcones, jilgueros, siriríes, gaviotas. Hay una gallinácea que me impresiona porque llora con la angustia de un bebé. Canta temprano a la mañana o al atardecer. Digamos que hace dos funciones. Nunca me acuerdo de su nombre. 
La vuelta entera tiene poco menos de ocho kilómetros. De todos los tramos, yo prefiero el que está al borde sudeste, donde se juntan el Riachuelo y el Río de la Plata. 
Comparado al resto del recorrido, es más salvaje ahí. Se comenta que por ese lado siempre encuentran algún cadáver.
En ese lugar que digo hay dos caminos que bordean al río.
Uno está más hacia adentro y es un túnel verde. Una especie de holograma de cuento infantil, ideal para transitar cuando el sol está picante. 
El otro camino es el que bordea la costa. 
En cualquiera de los dos, se escuchan las olas del río romper contra las piedras. El sonido es muy particular. Las olas rompen cortitas y el ruido es blando. Más femenino. El mar es violento, el río no. 
Siempre hay viento y, como dije, es un placer pasar por ese tramo que dura, a mi ritmo, unos diez minutos. No más. 
Bueno, pero yendo a lo específico, lo que tiene de mágica esa parte es el olor. 
Es muy difícil explicar, la experiencia del olfato no se puede transmitir. 
Algo escribí. Tomé algunas notas porque llevé lapicera y papel, y porque otras veces escribí palabras sueltas en el celular. También escribí con los pies, que es la parte que nunca se borra. Lo más importante, dicen, no se olvida. 
Hoy quise juntar todas esas anotaciones y ponerlas en orden. Y acá estoy, intentándolo. 
Nota 1: el olor es dulce y aromático.
Nota 2: olor a sol, a río dulce, a piedra, a polvo, a margarita silvestre y yuyo.
Nota 3: anís, arbusto, piedra mojada, desodorante de ciclistas y corredores.
Nota 4: olor a suela de zapatillas de goma, olor a canela, a bolita de paraíso aplastada, bolitas de árbol de navidad.
Nota 5: olor a perfume de papá.
Y acá hago un paréntesis. Mi papá volvió por primera vez de su exilio en 1983. Fue un viaje corto. Vino y se fue. Él usaba un perfume que yo podría reconocer en cualquier parte. En esa época solo conocía dos: la colonia Pibes de mi hermano y la Old Spice de mi tío Carlos. 
Última nota: se ve que algún pájaro ha muerto hoy.
Como decía, no hay nada más difícil que explicar los olores. 
Por ahí tendría que intentar con otro ejemplo. 
Cuando una pasa por ahí, el corazón late más rápido. Una especie de enamoramiento súbito. Y a la vez, deseos de escapar. El cuerpo dice, ese amor no es para mí. Y te vas.
Correspondida o no, yo vuelvo a pasar, una y otra vez. 
Obviamente, la Reserva no solo es eso. Es un millón de cosas: las piedras tramposas que nos hacen tropezar, los cuises, los árboles, las conversaciones entre corredores (malas inversiones de dinero, amantes, peleas familiares, autos, hijos). En fin. 
Lo que pasa es que la parte que a mí más me interesa es la intersección de los dos caminos. La del olor.
Un día voy a llevar mi cuaderno para anotar mejor todo, aunque no sé si voy a poder, o a querer. Cuando una va a correr, no tiene la intención de dejar de correr. 
Están los pies que empujan para sacarnos de esa zona.
Y una que se deja llevar, ¿no?

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