lunes, 5 de diciembre de 2016

El ganador

Hay personas a las que nadie les gana.
Tengo un compañero de pileta, un jubilado cordobés, que nadando a la misma velocidad que yo, llega antes.
Y eso porque da la vuelta cinco metros antes de llegar al final, ahorrándose camino.
A veces nos encontramos en la entrada de la pileta. Sucede que, si anda mal el subte, el encargado de abrir llega tarde.
El cordobés, que rara vez me habla, me dice: ¿cuánto pagaste de luz? Y yo le digo, quinientos. Y él me dice, yo mil.
Otro día, me pregunta: ¿a cuántas cuadras vivís de acá? Y yo le digo, a cuatro. Y él me dice, yo a dos.
Ayer el cordobés hablaba con otros nadadores amigos de él.
Bromeaban sobre la edad.
Yo tengo la edad que represento, decía uno. Y los otros reían.
Treinta… en cada pata, decía otro. Y los otros reían.
¿Para qué querés saber mi edad?, ¿le vas a jugar a la quiniela?, respondía un tercero.
Siempre los escucho, porque de sus conversaciones saco tela para mis vestidos.
El cordobés me miró a los ojos y me preguntó: y vos, ¿cuántos años tenés?
Sesenta y cinco, respondí (ojo, tengo cuarenta y cinco).
Y se la pensó un ratito porque, como dije, a él nadie le gana.
Qué bueno que no tengas ningún problema en decir tu edad, remató.
Él y los otros cuatro muppets se rieron a carcajadas limpias.
En la puerta de la pileta (que todavía estaba cerrada) hay un afiche de Speedo: "al final siempre se llega".
El cordobés es jubilado. En cambio, a mí (si hoy no me aplasta el 37) me faltan veinte años para llegar a la jubilación.
Veinte años.
Toda una vida.
Entonces, cuando el cordobés se rió de mí, yo me reí de él.
Como dice el refrán, "la risa es lo único que nos vuelve agradables".

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