lunes, 5 de diciembre de 2016

La máquina de cortar pasto


Cuando cumplí los doce años, mamá me delegó la responsabilidad de cortar el pasto en casa.
No había hombres adultos ahí.
No teníamos jardín.
Más bien era un terreno lleno de piedras y arañas peludas que nosotros, equivocadamente, llamábamos arañas pollito.
A la máquina le tenía miedo. Me ponía nerviosa.
Pero más miedo le tenía a mamá. Así que me calzaba las botas de lluvia, la enchufaba y me entregaba al destino.
Ya sería grande yo.
Ya sería grande como para mandar a asfaltar cada centímetro cúbico de ese baldío de calabazas venidas en vicio.

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