martes, 6 de diciembre de 2016

La bomba de agua


El sábado, un vecino me llamó por el portero eléctrico para ver si podía bajar un segundo. Había un tema con la bomba de agua.
Salí apurada de casa, dejé la puerta abierta y el viento, ¡paff!, la cerró. Quedé, como dicen los chicos, encerrada afuera.
Para qué te habré dicho que bajes, se disculpó el vecino.
Él me prestó su celular para que llamara a alguien. Pero solo me acuerdo de dos números de memoria y, lógicamente, en ninguno atendieron.
Por suerte, a mi vecino le sobraba una llave de la puerta principal. Podía esperar bajo techo. Por ejemplo, si caía una lluvia de meteoritos, no se me iba a incendiar la cabeza.
Me senté en la escalera a pensar. Escuché un sonido vibrante: la bomba de agua. Efectivamente, algo andaba mal. Pero qué podía hacer. No soy plomero ni electricista. Estaba sola en el edificio, ni un vecino había. La mayoría de los departamentos están en sucesión. Fantasmas sin soltar. Me dieron ganas de ir afuera.
Cuando estuve en la calle no me sentí yo.
Quiero decir, una nunca es igual de "yo" en todas partes. Depende de la circunstancia. En un almuerzo familiar, una siente que es una persona determinada. En el trabajo, o con amigos es otra. Yo solo me siento igual a mi cuando estoy sola. Y no estoy hablando de esquizofrenia. ¿Se entiende?
Pero ahora, en la calle, sin teléfono, sin plata, sin documentos, sin abrigo, sin pañuelo, sin agua mineral, no me "hallaba".
¿Adónde iba a ir a buscarme? ¿Qué podía hacer? Podía empezar por ubicar una cerrajería. Eran las cuatro de la tarde pero con probar no perdía nada.
Tuve suerte. El local del cerrajero que me conocía de antes estaba abierto.
Qué raro encontrarte después de hora, le dije.
No me gusta mi casa, me contestó.
Le expliqué mi situación, le dibujé el modelo de cilindro de tenía mi puerta, él agarró su valija y salimos.
En la puerta de casa sacó un manojo de llaves. Una, dos, tres, cuatro. Las que no servían las embocaba en la caja, enojado. Doce, trece, catorce, y así hasta la llave número treinta. La puerta se abrió.
Sos un genio, le dije. Busqué la billetera, le pagué y lo acompañé hasta la salida. Obviamente, esta vez me colgué las llaves.
¿Vas a volver a la cerrajería ahora?, le pregunté.
No me gusta la cerrajería, dijo.
Por respeto a su sufrimiento, no quise preguntarle nada más.
Hasta la próxima.
Chau, brotó de su boca.
El pobre también era un ser incompleto.
De inmediato me reuní con las cosas que me ataban a este mundo. El teléfono, la plata, los documentos, el abrigo, los pañuelos, mi botella de agua mineral.
Entonces volví a sentirme yo misma.
Más yo que nunca.
Invencible.

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