lunes, 5 de diciembre de 2016

La fuerza del deseo

Mis viejos no hicieron bautizar a ninguno sus hijos. Un poco porque no creían en Dios y otro porque estaban en contra de la iglesia.
Pero mamá, al tiempo de separarse de papá, nos mandó a todas las iglesias habidas y por haber (evangélicas, católicas) con tal de que nos dieran la merienda y ella pudiera dormir.
En ese trajinar, y seguramente también a causa de las batallas que desde hacía años libraban mis padres, me enfermé de fervor religioso.
Un día fui a la parroquia de Bombero Ariño y pedí hablar con el padre Frans de Bos.
Ninguno de nosotros está bautizado, padre.
¡Así no!, dijo él.
Poco tiempo después, conseguí padrinos (madrina Testigo de Jehová, lo juro), un vestido de volados y zapatos blancos.
Tenía trece años ya.
Me hice bautizar y de paso tomé la comunión.
En la ceremonia yo tenía que pedir un deseo en voz alta.
Que mi abuelita vuelva a ver, dije, para que pueda tejer y hacer helados.
Pero para mis adentros pedí otra cosa: yo quiero ser linda, talentosa, simpática, adorable, rubia y millonaria como Rafaela Carrá. Total, la abuela ya hizo su vida.
Mi abuelita nunca recuperó la vista. Poco tiempo después murió.
Y con lo otro tampoco pasó nada.
Fue mi primera decepción respecto a Dios. Con las que siguieron, dejé de ir a la iglesia.
Hoy veo el retrato de la abuela: el pelo color champagne, marcado por los bigudíes, su pullovercito tejido a mano, hecho por Doña Remedios.
Más que sonreír, hace un gesto extraño con la boca. Labios entreabiertos, mandíbula hacia abajo. Cero, pareciera decir.
Cero. 
Cero, tres.

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