lunes, 5 de diciembre de 2016

El diablito

Hace un tiempo estuve en casa de mi hermano. Después de comer, me puse a jugar con mi sobrino. Matías tiene dos años y todavía no habla, pero balbucea. Me señaló la puerta de la casa y hacia ahí fuimos, aunque no salimos del todo. Nos quedamos del lado de adentro, detrás de las rejas. Paré a Matías sobre la caja del medidor de gas y él se agarró a los barrotes, como un monito. 
Era la hora de la siesta y no había movimiento en la calle.
Solo había dos chiquitos revolviendo basura en el contenedor de enfrente. Creo que eran hermanos. Uno tendría siete años y el otro cuatro. Matías se sacudió y ellos nos miraron. Después, el más grande acomodó unas cajas de cartón en el chango y empezó a empujar. Vamos, le dijo al más chico. Pero el de cuatro no nos sacaba los ojos de encima. Lo ví mejor y me impresioné. Tenía la cara llena de cicatrices. Marcas de quemaduras, parecían. El más grande empujó el chango, que sonó como un portón oxidado. Matías volvió a saltar y a gritar. El de cuatro siguió a su hermano, obediente, aunque sin dejar de mirarnos. Y de pronto clavó los pies, como diciendo: tengo que hacer algo. Sentí un frío por la espalda. El chiquito respiró hondo y corrió hacia nosotros. Su velocidad me dio miedo. Quise desprender a Matías de los barrotes y meterlo para adentro. Pero no tuve tiempo. ¿Qué haría cuando llegara? ¿Nos pegaría? El pequeño diablito llegó en menos de un segundo. Se agachó, desapareció tras la pared que sostenía las rejas, y reapareció con un globo. Se lo dio a Matías. Un globo viejo desinflado de helio. Un globo que solo llegaban a ver Matías y el nene de cuatro años. Desde donde yo estaba, no lo podía ver.
No, mi amor, le dije. Ese globo es para vos. Se lo dije con las piernas temblando. Con la voz asustada. El nene negó con la cabeza y alargó otra vez su mano con el globo. Matías se lo sacó de las manos y le agradeció a su forma, como los monitos.
El pequeño diablo volvió con el mayor a la misma velocidad con la que había llegado. Su hermano empujó el chango cargado de botellas y cartones. Ya no nos volvieron a mirar. Doblaron en la esquina y desaparecieron. El temblor de las piernas no se me iba. Un nene de cuatro años me había asustado.  ¿De verdad le tenía miedo a un chico de noventa centímetros? ¿Era eso lo que me hacía temblar?
Agarré a Matías y lo metí adentro. Creo que un poco lo obligué. Lo mejor sería que nos pusiéramos a tirar fichas de dominó por el aire, o nos sentáramos a ver la tele.
A la noche volví a casa.
Las piernas me seguían temblando. No podía dormir. Todavía sentía mucha vergüenza y yo olía a trapo viejo mojado.

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