lunes, 5 de diciembre de 2016

La luz de la modista


Mamá nos compraba los guardapolvos tres o cuatro talles más grandes.
Para que dure, decía.
Después nos mandaba a lo de la modista.
Marta, la modista, era una señora escuálida que usaba anteojos verdes gruesos. Daba largos pasos para caminar.
Su casa era fea y húmeda. Tenía un ropero gigante sin puertas donde ella colgaba la ropa lista para entregar.

Hablaba con una aguja en la boca y decía: te voy a tomar el ruedo; te voy a tomar la cintura; te voy a tomar un cachito la sisa.
Lo que hacía era darle tres vueltas al dobladillo para que, a medida que una crecía hacia arriba, el guardapolvo creciera para abajo.
Un atardecer fui a su casa a pedirle que le cosiera un postizo al pantalón. Yo siempre fui alta.
La luz de la ventana apagaba la ropa que colgaba en las perchas. Fue un relámpago de verano. 
Y de pronto, el sol se escondió.
Marta arqueó la espalda como un fantasma y su casa volvió a ser fea y oscura.
Decían que uno de sus hijos había caído preso y que eso a ella la avergonzaba. Por eso no prendía las luces.

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