martes, 6 de diciembre de 2016

La piñata

Despierto con un fuerte dolor de cabeza. Voy al baño y miro en el cajón: no hay un solo ibuprofeno, paracetamol o aspirina. Me doy una ducha con el agua tibia —bien como a mí me gusta—, me hago un capuchino light con agua hirviendo —que me encanta —, y dejo para el final lo más odioso de todo, el sms de María Elena: cumple Toto domingo 13 a 15.30 spinetto shoppin.
¿Por qué me comprometí? Lo que tengo son unas ganas terribles de quedarme en patas mirando televisión. Pero no puedo faltar. María Elena es hipersensible, va a decir que tengo algo en su contra.
Salgo a la calle y empiezo a caminar. Es un día gris, frío, lluvioso. Por una ventana se escapa la cortina musical de Automovilismo para Todos.
Me cuesta mucho manejar los pies, como si el cuerpo se me estuviera durmiendo. El piso tiembla, un aire ardiente se escapa por la alcantarilla y un silbato suena bajo tierra. Estación Lima dirección Plaza Miserere: un poco más arriba que el infierno.
El subte repta como un ciempiés y yo me monto a él. Aprovecho a mirarme en el vidrio del vagón. Tengo los ojos chinos, como si lo de adentro se estuviera vaciando.
El viaje es rápido, firme, y por suerte dura poco.
En la esquina de Alsina y Saavedra unos perros revuelven la basura. Un cartonero arrastra su carro por el medio de la calle. La rueda trasera mete un chillido agudo, como un rasguño en un pizarrón. Siento frío, inseguridad, náuseas. Once es el barrio más triste del mundo.
En la puerta del Spinetto hay mucha gente. Van a sortear un plasma 42 pulgadas, parece. Adentro, los nenes van y vienen, a los gritos, mientras sus padres buscan los changos del Coto.
Llego a la cartelera. “Zona de festejos” tiene una flecha que indica hacia arriba.
En la escalera mecánica, una madre reta a su hijito.
—¿Te pregunté si tenías frío o no te pregunté?
El nene la mira con miedo. Es muy flaquito y tiene la piel de gallina.
—Ahora te vas a poner a llorar. ¿Te dije que te ibas a poner a llorar o no te dije?
Ellos van hacia la “zona de festejos”, igual que yo, al mismo cumpleaños.
Cinco años cumple Toto. Le compré un libro, aunque todavía no aprendió a leer. Espero que María Elena no lo tome a mal, que piense que lo hice a propósito, con lo susceptible que es.
La madre de la escalera mecánica y su hijito llegan antes que yo. El chiquito se zafa y corre hacia donde están Toto y una nena gorda.
María Elena me da un abrazo anémico.
—Nos fallaron casi todos.
La veo triste.
—Por el horario —acota la madre de la escalera—, es una hora difícil para traer a los chicos, te dije.
En la mesa de los “peques” hay treinta sillas, treinta vasos, treinta globos, treinta hamburguesas con papas fritas y solo tres pibes.
En la nuestra hay sándwiches de miga, medialunas y termos de café. Somos cuatro adultos: María Elena, la mujer de la escalera, el padre gordo de la nena y yo.
—Qué buenos triples —dice el gordo.
Los chicos no comen, no hablan ni se miran. La nena gorda esconde, entre sus manos, un paquete de papas fritas Lays. Toto y el nene de la escalera la miran.
—¿De dónde sacaste eso, Roberta?
Y se ponen a pelear por el paquete de papas fritas.
Una chica de unos veinte, veintidós años, vestida con uniforme y gorra azul, invita a los nenes a la sala de juegos. La sala es como Las Vegas: luces, ruidos, humo. Ellos no quieren ir. Pero la chica los lleva igual.
Los padres suspiran aliviados.
La mujer de la escalera se sirve café en un vaso de plástico. Saca de su cartera una botella de edulcorante, vierte unas gotas y revuelve. No sé cómo, pero hablamos y un tema nos lleva a otro y terminamos escuchando la confesión de la mujer de la escalera mecánica.
—Carlitos Daniel nació por fertilización asistida.
No sabemos qué opinar.
Pronto aparece la nena gorda y le dice a su padre gordo:
—Papito, comprame un helado en Mac Donalsss, porfis.
El padre le dice algo en el oído y la gorda hace pucherito y se sienta al lado de él.
Llega Toto. La mujer de la escalera mecánica mira para todos lados y le pregunta:
—Decime, mi amor, y Carlitos Daniel adónde está, eh?
Toto contesta serio:
—Vino un señor y se lo llevó al baño.
Entonces la madre de la escalera mecánica agarra su cartera y sale corriendo a buscarlo.
Pero Carlitos Daniel está que se parte de risa detrás de una columna. Llega y se sienta junto a Toto. Es la primera vez que los oigo reír.
La madre de la escalera mecánica regresa, agitada, y le retuerce el brazo a su hijo:
—Señalame al señor que te llevó.
—Mentira, má… mentira! —pero ella no le cree, tarda en reaccionar.
La chica de azul trae una torta que tiene dibujada arriba la copa del mundial. Enciende una vela que parece una bengala. Suena el feliz cumpleaños por el parlante de la sala. El volumen está muy fuerte, los nenes se tapan los oídos.
—Apagá eso que los vas a hacer llorar —pide el gordo a la chica.
—Preferimos cantar nosotros —agrega amablemente María Elena.
Pera la bengala ya se ha consumido. Había que soplar antes. No tienen otra vela, ni siquiera de las comunes.
La mamá de la escalera mecánica busca algo en la cartera. Una vela usada.
—Traje porque no es la primera vez que pasa —dice.
—¿No tendrá algún yuyo para la cabeza? —aprovecho a preguntar.
Cantamos el feliz cumpleaños. Toto no quiere soplar, ni Carlitos Daniel. La gorda llora que te llora diciendo
—Mi prome-tis-te un hela-do.
Toto abre la bolsa de papas fritas.
—Ej mia —dice la gorda, furiosa.
La chica de azul trae un globo gigante. Es una piñata. Los nenes la miran y dejan de pelear. La chica clava una lapicera y la piñata estalla. Los juguetitos y caramelos caen por todos lados.
El gordo junta las cositas con la planta de los pies, separando juguetes para su hija. Los nenes van y vienen, en todas direcciones, recogiendo lo que encuentran. La mujer de la escalera mecánica ríe y salta como si el suelo estuviera caliente.
Yo me agacho porque un muñequito blanco me llama la atención. Es una calavera de plástico.
María Elena corta y reparte la torta. Los nenes ahora pelean por los caramelos y los juguetitos. La nena le da una patada a Toto.
—¿Esta también es de la confitería de Paso? —pregunta el gordo, con la nariz llena de merengue.
Me acerco a los nenes y siento un profundo deseo de decirles que se dejen de pelear, de gritar, que la sabiola se me parte en dieciocho porciones. Tengo ganas de darles un sopapo. Pero la mirada de María Elena está clavada en mi nuca.
Mi reloj marca las 15:15.
—Disculpenmennnnn…. pero yo me tenía que ir —miento.
—Pero si faltan 15 minutos —dice la mujer de la escalera mecánica.
—Dejala, dejala —dice María Elena— capaz se quiere ir porque le molestan las criaturas.
No sé qué responderle.
Todavía tengo bajo el brazo el libro de Toto. Me acerco.
—Feliz cumple, Antonito —le digo en voz baja.
Él me mira por primera vez en toda la tarde.
—Devolveme el cadáver —dice.
Me deja helada.
—¿Qué te devuelva qué?
—El cadáver de la piñata —repite.
Busco en el bolsillo la calavera. Se la doy. La esconde en el puño.
Siento vértigo.
Toto empieza a correr en círculos, alrededor mío.
La cabeza se me abre. Mis pensamientos se escapan como semillas.
María Elena me mira de reojo.
También la mujer de la escalera mecánica.
Y el gordo, con los bigotes llenos de espuma.

La piñata (2014), por Estela Getino

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