miércoles, 7 de diciembre de 2016

La risa es contagiosa

Iba camino al Coto de Once cuando algo me llamó la atención.
En la vereda de enfrente, en la Plaza 1° de Mayo, un hombre joven, rubio y borracho hacía playback de un bolero.
Cantaba mirando hacia arriba, hacia algún balcón incierto del edificio que estaba detrás de mí.
Al lado de él había un pequeño grabador a pilas y dos personajes de Congreso: un tipo disfrazado de hombre araña (creo que es un loco) y la “mujer de los dientes gigantes”. Le digo así porque tiene dientes muy grandes y para afuera. Me parece que son postizos. Duerme debajo de las ventanas de la Biblioteca del Congreso y anda con un sombrero de flores artificiales. Siempre está sola. Por eso me llamó la atención verla junto al hombre araña y al borracho.
Sobre todo me extrañó verla partirse de risa.
Los tres se reían. Y yo me contagié. Tanto que me ardió la nariz a la altura de los cornetes. Reír hasta llorar, mearse de risa, ahogarse de la risa, ese es el punto en que la nariz arde.
Si tuviera una cámara, me dije.
Pero, ¿para qué quería una foto?
En una situación grotesca como esta, una foto solo podía ser parte de la verdad.
Seguí el camino tratando de meterlos en el fondo de mi cabeza: sector anécdotas y afines.
Pero, ¿de qué se reían esos tres?
¿Se reirían de la pavada que significa cantarle un bolero a un edificio? Porque en los balcones no había nadie.
¿Se arreglarían con cualquier cosa, sabiendo que en el fondo no nos podemos arreglar con nada?
Yo siempre buscando que alguien me responda preguntas sin sustancia.
Pero imagínense que yo me cruzara de vereda y les preguntara, ¿de qué se ríen? O a esa mujer de los dientes grandes, “señora, ¿usted, específicamente, de qué se ríe?”. Y ahora imagínense que esa señora empezara a decirme toda la verdad.

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