jueves, 8 de diciembre de 2016

Los buenos sentimientos

–¡Te quedás quieto, carancho! –lo retó su tía Herminia.
Manuel tenía ocho años y era el mayor de los tres. Angelita tenía cinco y Miguel, cuatro. Todos viajaban en el último asiento del colectivo. Llevaban dos horas de viaje y estaban aburridos. Manuel apoyó la espalda contra el respaldo del asiento y se resbaló hasta caer al piso.
–¡Manuel! ¡No te lo repito más! –gritó tía Herminia, zarandéandolo del brazo.
Manuel frunció la boca y se cruzó de brazos. Una señora estaba cerca de ellos.
–¡Hágale caso a su madre!
–No es mi mamá, es mi tía –le respondió Manuel, mostrando sus dientes blancos y enormes. Era morocho, tenía los rulos apretados y estaba vestido con un equipo de gimnasia muy pasado de moda. Parecía un mono.
–Con más razón –contestó la señora, esforzándose por no reír.
–¡Pero si serán caprichosos! –dijo Herminia.
El único que se portaba mal era Manuel. Los otros dos estaban tranquilos.
Miguel y Angelita miraron por un segundo a la tía Herminia y después cada uno volvió a lo suyo. Angelita empañó con la boca el vidrio de la ventana y escribió la letra “A”. Miguel estaba tenso, agarrado del asiento con las dos manos, como si se fuera a caer. Le costaba respirar. La tía Herminia buscó el inhalador del asma y se lo puso en la boca.
–Aspire hondo –le dijo, inflando los pulmones ella misma–. Así.
El nene respiró profundamente y después soltó el aire por la boca. Su cuerpito se volvió blando.
Miguel era rubio y tenía el pelo opaco a causa del palo santo que le echaban para combatir los piojos. Llevaba unos pantalones de corderoy, duros como el cartón, y una remera con el dibujo gastado de la rana René.
–¡Manuel! –gritó la tía, pescándolo del cuello con una mano.
Manuel había sacado la cabeza por la ventanilla.
–¡A ver si me entendés, mocoso! ¡Te lo digo endeveras!
Entonces el chofer paró el colectivo, se levantó y gritó.
–¡Ese nene o se porta  bien o lo bajo en la próxima parada!
Manuel se asustó. Estaba muy lejos de casa y no sabía cómo volver.
Tía Herminia los sacaba de vez en cuando a tomar aire. El padre de los chicos, su hermano, había muerto en un accidente ferroviario hacía dos años. La madre, María Elena, trabajaba todo el día. Herminia ayudaba en lo que podía. Llevaba a los chicos a la escuela, les hacía de comer, les lavaba la ropa y, siempre que sus finanzas se lo permitían, los llevaba a pasear. Era soltera y trabajaba un solo turno como portera en una escuela primaria.
Ahora todos iban a casa de su prima Pilar a buscar ropa usada.
Pilar, bautizada por los chicos como “la tía rica”, o de “la tía de España”, vivía con su marido piloto, Gonzalo, y sus tres hijos, en un departamento lujoso de Avenida Las Heras. A ella le encantaba recibirlos, darles de comer, regalarles ropa usada y juguetes.
Manuel por fin se quedó quieto.
–Qué cosa bárbara –dijo Herminia.
Y buscó un pañuelo para limpiar a Angelita, que se había pasado los dedos sucios de grasa por la cara.
–Mirate, parecés cualquier rotosa.
A Herminia le daba vergüenza que sus sobrinos estuvieran sucios. Si los sacaba a pasear, tenían que estar impecables.
La limpieza es el lujo del pobre, decía.
Por la moda no se preocupaba. Ella solo sabía diferenciar la ropa de verano de la ropa de invierno, y la presentable de la que terminaba en la cucha del perro. 
Todos bajaron del colectivo y caminaron hasta el semáforo. Los nenes le tenían miedo al tránsito, así que no se separaron de su tía.
–Acá es –dijo Herminia, mirando una fachada.
Los nenes corrieron hacia la entrada.
–No tan ligero, espérense.
En la puerta estaba el encargado vestido de traje.
–Miren quién vino a visitarme –bromeó mirando a Manuel que, a primera vista, era el más simpático de todos.
Herminia sonrió, esforzándose por parecer cortés y educada.
El ascensor era un lugar frío e intimidante, tenía un espejo en cada lado y otro grande al fondo. Olía a lustra metales. Tía Herminia se vio, junto a sus sobrinos, en uno de los espejos laterales. Tironeó de las mangas para que los puños estuvieran en su lugar y después se acomodó la cartera al hombro. 
Pilar los recibió en la puerta de casa.
–Pero qué viaje se pegaron, ¿verdad, niños?
La “tía rica” tenía puestos unos pantalones sueltos de lino y una blusa mexicana con flores bordadas a mano. Olía a perfume importado.
–Pasad, cielo, por favor.
Los hermanos no se movieron de la puerta, desconfiados.
–Vamos, vamos, adentro –dijo tía Herminia dándoles unos empujones en la espalda.
En el living todo era luz, desde el piso hasta el techo. Los muebles eran de madera brillante y los sillones, larguísimos, de cuero blanco. Todo olía a nuevo.
–Qué linda calidá este sillón –dijo Herminia mientras pasó el dedo sobre el respaldo.
–Son los de siempre –explicó Pilar–, solo que Gonzalo se encaprichó y los mandó a retapizar de cabritilla, o cuero, o qué se yo. Es un poco claro, ¿cierto?
A Herminia todo le parecía claro. Los sillones, las paredes, las cortinas, las sillas, la mesa. A los nenes también, ninguno se atrevía a moverse.
Sobre la mesa ratona había un rosario de piedras transparentes, una pila de revistas de medicina y una esfera de vidrio llena de caramelos de papel azul. 
–Tomen asiento, por favor –invitó Pilar, señalando los sillones–. Ahora les consigo algo de beber… ¡Doris, Doris!
Ninguno de los cuatro, ni siquiera Herminia, se animó a sentarse.
Por una puerta angosta salió Doris, una muchacha joven vestida como maestra jardinera.
–Hola a todos –saludó agitando las dos manos–, ¿Pilar?
–Doris, trae unos refrescos para los niños por favor.
–Sí, sí –dijo. Y después desapareció por la misma puerta angosta.
Tía Herminia se acercó hasta el ventanal, desde donde se veía toda la ciudad.
–¡Pero miren quién ha llegado! –interrumpió Gonzalo, el marido piloto de Pilar– ¡Pero estos niños no paran de crecer! Y tú, Remeditos, cada día más bonita, ¿eh? –le dijo a Angelita, tomándola de la barbilla.
–Angelita –lo corrigió Pilar riendo–. No lo toméis a mal, Gonzalo no recuerda ni el nombre de sus hijos.
–Vengan conmigo –invitó Gonzalo. Iremos a ver a vuestros primos.
Los hermanos se entusiasmaron y lo siguieron, ansiosos.
Gonzalo abrió la puerta de la sala de juegos y los hizo pasar.
Adentro había muchos estantes de madera oscura que sostenían libros, enciclopedias y diccionarios. Sobre los escritorios, muchas herramientas escolares. Se respiraba un aire opresivo, como si los chicos pasaran demasiadas horas encerrados ahí.
Los primos ricos se acercaron para darles la bienvenida a los primos pobres.
–¡Bienvenidos, primos! –dijo Fernando, con la voz fuera de control.
Era casi un adolescente, y se lo notaba nervioso y tímido.
A su lado estaba Pablito, de cuatro años, idéntico a su hermano, solo que regordete y simpático.
–Los estábamos esperando –dijo Sofía, la única hermana mujer. Ella tenía siete años y era muy delgada y pálida.
–Les vamos a enseñar un juego –completó, buscando aprobación en la mirada de su padre.
Manuel y Miguelito la siguieron. En el fondo de la sala, sobre un estante, había un montón de cajas de juegos de ingenio.
Angelita hizo una profunda inspección con la mirada y caminó exactamente hacia el lado opuesto. En una esquina de la sala, medio escondida, había una casa de muñecas con muchos mueblecitos adentro.
Sofía se acercó a Angelita.
–Podés jugar mientras estés en casa, ¿dale? –le aclaró.
Todos se integraron rápidamente. Los primos pobres corrían de un lado a otro para tocar los juguetes, los libros, las paredes. Los primos ricos reían, dejándolos hacer.
Gonzalo los dejó solos y se fue al living a leer un diario de España.
En el living, Herminia y Pilar conversaban. Pilar hacía muchas preguntas mientras se ponía y se sacaba los anteojos de leer. Herminia respondía haciendo gestos exagerados con las manos.
–Pero van a salir adelante.
–Seguro que sí… –contestó Pilar. Ella también exageraba los gestos para que Herminia comprendiera que le importaba la situación de sus sobrinos.
–Yo quiero que estudien, que hagan un oficio –concluyó tía Herminia.
Cuando llamaron a comer, los primos pobres aparecieron agitados, sudorosos, y se sentaron en el primer asiento que encontraron. Tía Herminia los obligó a bajarse.
–Se me van a lavar las manos.
Los chicos obedecieron de inmediato, sin chistar. Herminia se sintió orgullosa de la reacción de sus tres sobrinos. Cuando volvieron, los primos ricos esperaban parados como granaderos a que su padre dijera donde debía sentarse cada uno.
Gonzalo ocupó la cabecera. Hizo la señal de la cruz y sus hijos lo imitaron.
–Agradezcamos a Dios este día y esta nueva comida. 
Manuel vio unas papas fritas y se le desorbitaron los ojos. Pegó un manotazo.
–¡Manuel! –dijo Herminia, conteniendo las ganas de gritar. La ceremonia todavía no había terminado.
Pilar rió.
–¡Déjalo al pobre niño!
Todos se relajaron y se acomodaron en la mesa. Doris entraba y salía con los platos de comida. Habían hecho paella para los grandes y un menú sencillo para los chicos: papas fritas, bastones de mozzarella y de pollo. De postre, unas tacitas de helado envasado. Y para los mayores, café y turrones de Alicante.
Cuando estaban por la sobremesa, Fernando se acercó a su padre.
–Papi, ¿me puedo retirar?
–Claro, hijo, ve, ve.
–Un señorito… –le dijo Herminia a Pilar.
Fernando empezó a caminar triunfalmente hacia el pasillo.
–Lleva a tus primos contigo –le aclaró el padre.
Entonces Fernando se dio vuelta, tragó saliva, y con la voz aflautada, los invitó.
–Bueno, vengan conmigo, primos.
Manuel salió disparado de su asiento y, detrás de él, Miguel y Angelita.
Gonzalo miró a sus otros dos hijos, Sofía y Pablito, y les hizo un gesto para que también se unieran.
Sofía parecía decir con la mirada, “lo voy a hacer solo porque soy buena hija”.
Pablito, en cambio, quizá por ser el más chiquito, corrió despreocupado atrás, alegre y entusiasmado.
–Pobrecillos… quién sabe hace cuanto tiempo no toman una comida en familia comentó Pilar.
A Herminia estas palabras le cayeron como piedras. Serían pobres pero tenían familia. Y Herminia era parte de ella. Pero lo mejor sería morderse la lengua y dejarlo pasar.
La muchacha de la cocina entró con una taza de té de boldo para Pilar.
–Los mariscos me caen fatal –se disculpó.
Después se acercó discretamente a Herminia. 
–Herminia –dijo, haciendo deslizar un sobre en la mesa–, me haría mucha ilusión que aceptaras…
–¡Dejate de macanas! –rechazó Herminia, sorprendida. Era la primera vez que su prima le daba dinero. Se puso roja de vergüenza.
–Mira, te ruego que lo aceptes. Es un pequeño presente para que la madre de los chicos pueda comprarles algo que necesiten, nosotros no sabemos bien qué regalarles.
Pilar lo había dicho claramente. No era para ella sino para sus sobrinos. De todas formas, le costó mucho tomar ese sobre y levantarse del asiento para guardarlo en el bolsillo interno de su cartera.
–La cara que va a poner María Elena… –dijo, buscando un punto donde fijar la vista.
–Es lo mínimo que podemos hacer.
Herminia asintió. Con ese dinero podían comprar un calefón nuevo y renovar el calzado de los chicos. Sí, al fin y al cabo eran de la misma familia.
Cuando terminaron el café, Herminia miró el reloj de la pared. Eran las cuatro. Hora de volver.
–Atiendan que nos vamos.
–¡No, no, no, y no! –gritó Manuel.
Sus sobrinos estaban desatados. ¿Cómo iba a hacer para llevarlos?
Gonzalo entró en la sala dando una palmada.
–Bueno, a ver, hijos, a dar el ejemplo como les enseñaron vuestros padres.
Fernando tomó su auto a control remoto y se lo dio a Manuel.
–¡Gracias, gracias! –dijo contento Manuel.
Gonzalo se acercó a Fernando, apoyó la palma de su mano sobre el hombro flaco de su hijo, y sonrió. 
 Pablito, juntó las piezas del tren, unos blisters de pilas, las guardó en la caja y se las regaló a Miguelito.
A Miguel se le encendieron los ojos.
Por último, Sofía buscó su barbie mejor vestida y se la dio a Angelita.
–Para ti, prima. La mejor de mis muñecas.
Pero Angelita negó con la cabeza y se cruzó de brazos.
–No, yo quiero la casa de las muñecas con todos los juguetitos adentro.
Sofía escuchó a Angelita con horror y no movió un solo centímetro ese brazo con el que sostenía a la muñeca.
–¿Sofía? –increpó el padre.
–¡No, la casa de las muñecas, no! –reaccionó Sofía–. ¡La casa de las muñecas, no!
–¡Sí, yo quiero la casita, quiero la casita! –volvió a decir Angelita.
Gonzalo echó una mirada amenazante a su hija.
–Sofia, cielo, ¿en qué habíamos quedado?
Sofía comprendió que no tenía alternativa. Entonces, conteniendo las lágrimas, buscó la casita, metió los muebles en una bolsa, y arrastró todo hasta donde estaba su prima.
Herminia no se atrevió a intervenir. Fue un momento muy tenso.
Angelita abrió la bolsa y buscó un mueblecito del baño. Se lo acercó a la nariz y lo olió. Olía bien, a plástico de juguete bueno. Sus ojos se agrandaron.
Pilar contempló la escena con emoción cristiana. Sonrió y se acercó a su querida y altruista hija.
–Estoy muy orgullosa de ti –le dijo.
Sofía aguantó para no llorar.

Todos bajaron por el ascensor. Los primos pobres cargaban sus propios regalos. Herminia llevaba las dos bolsas grandes de ropa usada.
–Y ahora, ¿cómo volvéis? –preguntó Gonzalo en la vereda.
–En el 60 –respondió Herminia.
–Tomad, aquí os dejo para un taxi –dijo, buscando su billetera.
–No –rechazó Herminia en tono categórico–. A los chicos les gusta viajar en colectivo.
Gonzalo no se atrevió a insistir.
Sofía se subió el cierre de la campera hasta arriba. Parecía tener frío.
Todos se despidieron con educación.
–Espero veros antes de que os hayáis casado –bromeó Pilar.
–¡Pero cómo no! ¡Y mil gracias por todo! –saludó sonriente Herminia.
Cuando llegó el 60, los cuatro se acomodaron en el último asiento. El colectivo estaba vacío y olía a cuero mojado.
Manuel sacó el auto a control remoto y lo apoyó en el suelo. De los bolsillos de Angelita cayeron un montón de caramelos azules. Se los había robado. Miguel estaba tenso otra vez. La tía buscó el inhalador del asma y se lo puso en la boca.
–Aspire hondo –le dijo.
Miguelito respiró y se aflojó.
Una señora se acercó hasta el fondo para tocar timbre. Miró sonriente a Angelita, que bostezaba con la boca abierta.
–¿Tienen mucho de viaje? –preguntó. 
–Dos horas serán –respondió Herminia.
–Que le sea leve –se despidió la señora.
La tía le sonrió.
–Está bien, doña. Lo mismo para usted.
Herminia recostó la cabeza en el respaldo del asiento y entrecerró los ojos. Palpó la cartera para asegurarse de que todavía tenía el sobre con la plata. Todavía hay gente con buenos sentimientos, pensó.


Los buenos sentimientos (2015), por Estela Getino.

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