miércoles, 7 de diciembre de 2016

Los Piojitos

–¿De qué clase social somos, má? –le pregunto, apenas entra.
Estoy con los ojos clavados en el cuaderno de deberes y Dieguito dibuja un camión de bomberos.
–De clase trabajadora –responde.
Me doy vuelta porque escucho ruidos raros. Mamá no entró sola. Vino otra vez con ellos: los Piojitos.
La Pioja mayor tiene 10 años como yo, pero todavía va a tercer grado. Es alumna de mamá y repitió dos veces. Es burra. Tiene el pelo fino y despeinado. Cuando pone la cabeza al sol, se le notan puntos blancos. Liendres y piojos tiene. Y sus hermanos más chicos ahora están pelados porque es verano, pero en invierno también se les nota.
–Esa no es una clase social, mamá –le digo.
La maestra me dijo que hay cinco clases sociales. Clase baja, media-baja, media-media, media-alta y alta. En la alta están los millonarios y en la baja, los villeros, como los Piojitos.
Ellos viven en una casa de chapas, al lado del arroyo. Tienen el baño afuera. En invierno se bañan adentro, en un fuentón. Se tiran agua con una taza de mate cocido. Una vez entré porque la acompañé a mamá a hacer el censo. Cuando no aguanté más el olor, salí y la esperé afuera.
–Acá cada uno caga de un color distinto –me contó el Piojo más chico.
En Quilmes, los soretes flotan en la orilla. Menos adentro del Club Pejerrey.
–Blanco, marrón claro y negro –continuó el chiquito en la vereda.
Mamá terminó el censo y salió.
–Me quiero ir a casa –le dije.
–Te dije que no ibas a aguantar –respondió.
Y me mandó de vuelta a casa, y yo ni sabía cómo llegar.
Ahora ellos entran en nuestra cocina, rascándose la cabeza.
–Hagan un lugar –dice mamá–, la tarea la terminan después.
Dieguito levanta la vista y los mira de reojo. Después pinta la parte del fuego del incendio que está dibujando.
Yo cierro mi cuaderno y espero.
Mamá corta pan y lo pone en la tostadora.
–Andame a buscar una ramita así, mi amor –le dice mamá a la Pioja, indicándole el largo.
Ella sale, obediente, a buscar ese tamaño de rama de árbol.
Después vuelve y lo deja arriba de la mesa.
–Seño, ¿así está bien?
–Sí, mi amor. Muy bien.
“Mi amor”, le dice. A sus alumnos les dice así.
Después pone el pan tostado en un plato y lo deja en la mesa, al lado de la manteca y el dulce de membrillo.
–Háganse para todos –dice mamá, mientras lleva a la hornalla un tachito de cera.
La Pioja empieza a untar el pan con muy poca manteca. Muy poca. La estira sobre la tostada. Lo mismo hace con el membrillo. Dos capas finas.
–Eso se llama “pintar la tostada” –dice mamá, riéndose.
Y la nena también ríe, orgullosa.
Me da la tostada a mí.
–No quiero.
Entonces le da a Dieguito. Él dice que no con la cabeza.
–Yo quiero galletitas de animales.
Y va a buscar el tarro a la alacena. Lo abre y lo vacía sobre la mesa.
–Son galletitas partidas –dice impresionada la Pioja.
Qué se vienen a hacer los finos acá. A nosotros, como dice mamá, para comer no nos falta. Los villeros no desayunan ni meriendan.
En la casa de papá son finos. A mí me gusta vivir como ellos. La señora de papá se levanta con un deshabillé largo, rosa. Y usa unas zapatillas blancas de baile. Va hasta la cocina y le da indicaciones a la muchacha:
–Blanca, ponga la vajilla verde hoy.
–Blanca, hoy la vajilla inglesa.
–Blanca, la vajilla blanca – y se ríe, porque la vajilla tiene el mismo color que el nombre de la muchacha.
Cuando desayunan, se mueven en cámara lenta.
Nosotros tenemos tazas de loza. Y la mesa es de fórmica. En la misma mesa comemos y hacemos los deberes.
–¿Ellos de qué clase social son, má? –pregunto ahora, mientras Dieguito busca, entre las galletitas, las trompas de elefante.
–De clase trabajadora.
La mamá de los Piojitos no está en todo el día en la casa. Ella trabaja de muchacha.
Acá nosotros no tenemos empleada. Pero ni Dieguito ni yo tenemos liendres, ni piojos, como ellos.
Ahora en verano, yo a los Piojos chiquitos les digo “Peladitos de yolibell”.
Toman la leche y comen las tostadas como si se acabara el mundo.
–No te vas a atragantar, tesoro –le dice mamá, al piojo que me contó lo de los soretes.
Ojalá no se le ocurra invitarlos para la cena.
Mamá no sé qué tiene que le gusta traer muertos de hambre.
Me gustaría que definiera de qué clase social somos, porque es lo único que me falta para terminar la tarea.
Aunque a ella le gusta decir que somos pobres.
–Pasame el palito, mi amor –le pide mamá a la Pioja, señalando con el dedo.
La nena le sonríe con los labios apretados. No quiere abrir la boca porque le faltan dientes.
Mamá ahora empieza a pasarse cera por la pierna. Se depila enfrente de todos. Está en remera y bombacha.
Me levanto.
–¿Adónde vas?
–A terminar la tarea a MÍ pieza.
–Te quedás acá, cocorita.
Cocorita. Cocorita a mí, me dice.
–No podés andar medio desnuda enfrente de ellos, ¿te das cuenta?
Y mamá se ríe.
–Desnuda…

Se ríe fuerte. Y la Pioja grande ríe también, cómplice de mamá. Dándole las gracias a su maestra, la señorita de tercer grado, la que la hace repetir. La que se depila frente a los hijos, frente a sus propios alumnos. La que los recibe desnuda, porque estoy segura que eso irá a decir la Pioja el lunes en la escuela. La piojosa esta, hija de Blanca, la muchacha que trabaja en casa de papá.

Los Piojitos (2014), por Estela Getino.

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