martes, 6 de diciembre de 2016

La mochila del senegalés

Hoy a la mañana venía caminando por Avenida Belgrano cuando, casi llegando Santiago del Estero, vi que un chico joven, flaco y negro, pero muy negro, iba al lado mío. No digo negro café, sino negro azabache. Del tipo de negro nigeriano o senegalés que vende anteojos de sol o carteras Louis Vuitton en la calle.
El chico tenía un papel blanco prolijamente enrollado en la mano y miraba los números de las fachadas de los edificios.
A mitad de cuadra nos interrumpió una valla del GCBA y fue entonces que se adelantó unos pasos y le vi la espalda.
Tenía una mochila que decía "Brasil" en letras verdes y amarillas.
Pienso que -a propósito o de casualidad- esa mochila atenuaba la discriminación.
Con los brasileros hay buena onda, pensé, aunque ellos no opinan lo mismo de nosotros.
Con los nigerianos y senegaleses la distancia es mayor.
Pero cualquier transeúnte del Siglo XXI sabe distinguir entre un tono del Caribe y otro de África. Entonces esa mochila inspiraba una especie de compasión cristiana.
En el semáforo de Salta y Belgrano, el negro y yo volvimos a coincidir.
Le vi la cara. Me pareció retraído y soñador.
Cambió el semáforo y cruzamos.
En dirección opuesta, venía un hombre de traje, maletín, con los ojos desorbitados: “che, te pasaste de cama solar, chocolate”, le dijo al negro.
Se lo dijo en un tono despectivo y sobrador.
Ese comentario me puso en una situación moral muy incómoda.
¿Tenía que intervenir o quedarme en el molde? ¿Responderle "cabeza de tortuga" o “porteño sorete"?
Cuando insulto, tengo la necesidad de anteponer “porteño” o “porteña” a todo lo que sigue, olvidando que hace más de 25 años ya no vivo en el conurbano. Además de que nací en el Hospital Rivadavia.
Pero meterme podía resultar más agresivo, porque el muchacho negro no se había inquietado en lo más mínimo.
Miró al tipo sin entender, y si entendió, pareció que no, porque siguió su ruta, sin responderle ni bajar la vista.
Me pregunté si aquel negro necesitaría una defensora de pobres y ausentes como yo. Hoy es lunes, me dije. Estoy más inspirada.
El porteño este podría haber sido un loco, o un borderline, pero no le había pegado y tampoco dicho alguna cosa agraviante.
Lo asqueroso era que se sentía con el derecho de decirle al otro lo primero que se le venía a la mente. El derecho a transgredir ese límite.
Pero mi pena también era un veneno. Ese chico no era desvalido, ni indigente, no necesitaba una madre de Calcuta que lo resguardara de la naturaleza humana.
Así y todo, seguí caminando al lado de él porque estábamos pasando por la puerta de Nuestra Señora de Monserrat, que es bien imponente.
El chico paró en la puerta de un quiosco.
Fotocopias, locutorio, hay sube, decía.
Y me dejó ahí pensando sola. Quiero decir, se metió a hablar por teléfono o a cargar la tarjeta y me dejó ahí afuera, con toda mi conmiseración en actividad.

Otro lunes sin rating, me dije.
No era del todo útil a la sociedad, tampoco buena en el sentido universal. Ni mala del todo, ni cobarde a pleno.
Silvestre.
Así es como me sentí.
Y después seguí camino porque, ahora que ficho, no puedo llegar tarde al trabajo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario