miércoles, 7 de diciembre de 2016

Puerto Vallarta

Al cumplir los trece años fui a México a ver a mi papá. El año anterior, él había estado de visita en Argentina y me había prometido que mandaría un pasaje para pasar mis vacaciones de verano. Todas las vacaciones, dijo. Desde diciembre hasta marzo.
Papá vivía en Distrito Federal con su señora, mi hermana mayor y el hijo de su señora. O sea, mi hermanastro. De los hermanos que vivíamos acá, yo era la primera gratificada con el asunto del viaje en avión y eso, lamentablemente, ocasionó ciertos resentimientos familiares, porque papá prometió que en el próximo viaje iría mi hermana menor y después mi hermano el más chico. Pero, a causa de catástrofes naturales solo pudo cumplir la primera parte de la promesa. Es decir, yo fui la primera y última que viajó. Después de ese viaje, un terrible terremoto azotó México y mi papá, su señora, mi hermana y mi hermanastro, volvieron a Argentina. Mis hermanos menores nunca conocieron México y mucho menos Puerto Vallarta.
Pero volviendo a este viaje, yo estaba muy emocionada básicamente por dos cosas. Era la primera vez que subía a un avión sola y, por otro lado, una compañera de escuela me había dicho que los viajes se te pegaban como etiquetas en la frente. Lo decía porque ella conocía Orlando y seguramente sus padres le habían metido esa arrogante idea en la cabeza. Pero en marzo empezaba el secundario, no conocía a nadie y creía que tener una etiqueta –o al menos tener la posibilidad de contar un viaje en avión–, causaría muy buena impresión entre mis compañeros.
Cuando el avión aterrizó en Ciudad de México, yo estaba vestida con una pollera acampanada roja y blanca que me había hecho en un taller de corte y confección. También un chaleco blanco de hilo, tejido a mano por mi abuela, y un par de zapatos de cabritilla rojos de cuatro centímetros de taco. Era una forma muy particular de vestirse. Pero yo andaba desorientada con el tema de la moda. La mayoría de mis compañeros de primaria usaban jeans, zapatillas, remeras y mochilas, mientras que yo creía que lo más adecuado era vestirse como la maestra, la directora o la catequista.
La abuela y mamá aprobaban que me hiciera mi propia ropa. Ya es una señorita, decían. Y estaba convencida de que ser una señorita era sinónimo de responsabilidad y elegancia.
Una azafata me indicó el camino para llegar a la cinta donde se retiran las valijas y me dijo que me alcanzaría pronto. Para llegar, había que pasar obligadamente por el free shop. Al atravesarlo, me llamó la atención un negocio que vendía relojes Swatch. Me fascinó ese particular perfume a plástico. El tipo de olor de los juguetes de buena calidad. Los relojes eran de colores muy llamativos y sus precios estaban en dólares y en pesos mexicanos, entonces yo no sabía si eran caros o baratos. Me quedé mirando unos minutos la vidriera y me dije que le pediría a papá que me comprara uno de esos. Él tenía plata. Mamá me había dicho que aprovechara a pedirle, sobre todo ropa y cosas para la escuela, porque después por carta él se iba a hacer el otario. Pensé que sería bueno empezar el secundario con uno de esos relojes en la muñeca. Un Swatch y una etiqueta en la frente, pensé.
La azafata me ayudó a encontrar la valija y después me acompañó hasta la salida. Papá estaba esperándome entre la gente y cuando lo vi sentí tranquilidad.
Las vacaciones en Puerto Vallarta duraron quince días –y no tres meses como yo pensaba– porque ellos estaban en vacaciones de invierno.
Estamos en el hemisferio norte, me recordó papá con severidad, como queriendo decir que en la escuela no nos enseñaban nada bien. En el hemisferio norte el cielo es más celeste y el agua de la cadena del inodoro gira para la derecha y no para la izquierda como en el hemisferio sur. En el hemisferio norte, la situación económica es más favorable que en el hemisferio sur. Y así, como esas, estando allá, aprendí muchas otras diferencias.
Durante los primeros días, la señora de papá me llenó de ropa que a ella le quedaba chica. Ropa que olía bien y tenía diseños de hermosos colores. Vestidos amplios, largos, estampados con flores, sandalias de plástico sumergibles y viseras para el sol. Es un poco hippie, me dijo, pero te anda bien.
Mi hermana mayor y mi hermanastro tenían exactamente la misma edad: 16 años. Ellos usaban jeans, zapatillas y remeras con inscripciones en inglés. Hablaban en un tono muy simpático, como los mexicanos, y eso que también eran argentinos. Pero habían vivido tantos años ahí que el tono se le había pegado. Mi hermana tenía muchos amigos y creo que la señora de papá creía que eran todos novios porque cada vez que mi papá preguntaba, “dónde está María Eva”, la mujer de papá decía: “noviando”. No importaba si ella estaba en la ducha, en la playa con sus amigas, o durmiendo la siesta, la señora de papá decía: “debe andar noviando”.
María Eva y sus amigos eran adolescentes. En cambio yo estaba en una edad indefinida. Acababa de terminar la primaria y las hormonas todavía no se me habían alborotado. Me vestía como Testigo de Jehová y usaba un morral de hippie que tenía prendido un pin del Che Guevara. Estaba cambiando la piel.
Mi hermanastro era peor. Solo se juntaba con los de su edad o más grandes. Sabía manejar y a veces le sacaba el auto a papá. Eso me parecía emocionante. Yo nunca había visto a alguien tan joven manejar.
Un día, durante las vacaciones en la playa, papá le pidió que fuera al mercado a comprar “toronjas y aguacate”. Él agarró las llaves muy entusiasmado y después puso cara fea porque papá le dijo que me tenía que llevar a mí.
No mames, le respondió.
Pero como entonces papá le sacó las llaves, accedió.
Okey, okey, dame las pinches llaves del carro.
Los primeros minutos como copiloto de ese escarabajo fueron alucinantes, pero después me di cuenta que él manejaba mal, parecía que iba a chocar en cualquier momento, y no sabía estacionar. Estuvimos a punto de matar a un mariachi, yo me quise bajar y no subir nunca más.
Otra vez, fuimos a comer a un restaurante que tenía palmeras y tucanes en la puerta. Una muchacha con un vestido hermoso, bordado de colores, nos acompañó hasta una mesa y nos dio la carta con el menú. La señora de papá dijo que ella iba a pedir una langosta a la parrilla. Papá le respondió que una langosta costaba cien dólares. Parecía indignado cuando lo dijo, como que era muy caro. Eso no importa, dijo ella, estamos de vacaciones, voy a comer langosta y punto. Entonces yo pensé que a mí tampoco me negaría el reloj Swatch, cuando se lo pidiera.
Cuando terminaron las vacaciones de Puerto Vallarta, volvimos al DF. Mi hermana y mi hermanastro recomenzaron la escuela, la señora de papá su trabajo, y papá también volvió a sus obligaciones como consultor en la Unesco. Pero como yo era su responsabilidad, a veces me llevaba con él y me prestaba su máquina de escribir, o me daba para que me entretuviera con un ejemplar sobre las matanzas y atrocidades que habían cometido los conquistadores españoles en México. Por las tardes íbamos al zoológico, al Museo de Antropología, o a comer tacos o panchos llenos de salsas picantes.
Otros días me dejaba plata y yo me quedaba sola en el departamento. Iba a un complejo de cines que estaba cerca del edificio y veía una película yanquee de acción. O me lo gastaba en chucherías en un kiosco: pajitas rellenas de chorizo y azúcar, pochoclos con limón y sal, malvaviscos. Al principio todas estas golosinas me parecieron horribles, pero después me acostumbré. Cuando volví a Argentina, traje algunas para mis hermanos menores, pero ellos dijeron que eran un asco y las tiraron a la basura.
Una tarde, yo estaba sola y aburrida y me metí en la habitación de mi hermanastro a revolver. Encontré un diario íntimo y leí cosas que no debía haber leído. Hoy pienso que las había escrito porque estaba celoso, pero en ese momento me parecieron ciertas y me dolieron bastante. Decía que deseaba que me fuera pronto, que yo me tiraba pedos a la noche –cosa altamente posible, por la cantidad de picantes que me daban–, que le parecía una pinche pendeja chinga tu madre y otras cosas que no terminaba de comprender. Después de leer el diario, me encerré en el baño y lloré dos horas. Por la noche, me prometí no volver a leer ese diario, no volver a México nunca más, y jamás dirigirle la palabra a mi estúpido hermanastro. Tampoco a mi hermana porque ella no me daba bola por estar siempre noviando.
Otro día, en que también estaba aburrida, me metí en el escritorio de papá y traté de encontrar una carta que le había escrito tres años atrás. Era una carta llena de insultos, todos dictados por mamá, porque él no nos mandaba plata. Papá, en ese momento, me había respondido que si era para escribirle en esos términos, mejor no lo hiciera más. Entonces yo no le escribí por tres años, aunque él siguió escribiendo y llamando por teléfono, como si no hubiera pasado nada. Pero ahora yo quería romper esa carta porque estaba arrepentida de lo que había escrito y lo quería mucho a papá, encima él me estaba pagando ese tremendo viaje a México y seguramente en cualquier momento me compraría un reloj Swatch.
Una semana antes de que se terminaran mis vacaciones, pasamos con papá –muy casualmente– por una tienda de relojes. Yo me quedé magnetizada. Papá comprendió que quería un reloj, entramos en la tienda y me dijo que eligiera el que me gustara. Le señalé uno turquesa sumergible, que en el cuadrante tenía grabada la palabra Swatch bien grande. Él dijo que era muy caro para una chica de mi edad. Entonces le respondí que quería un Swatch porque “estaba de vacaciones y punto”. Papá se rascó la barba, lo pensó, y me lo compró.
Ese reloj olía impresionantemente bien. Lo guardé en la cajita para no ensuciarlo. Lo quería tener bien conservado para cuando empezaran las clases. Me dio un poco de culpa porque pensé que a mis hermanos de Argentina les hubiera gustado tener un reloj así. Pero no me animaba a pedirle a papá que comprara dos más, porque por ahí se alteraba y no compraba ninguno.
Después papá me llevó a comer un pancho picante a la plaza y me dijo que me iba a dar un sobre con unos dólares para que le llevara a mamá. Con eso nos podíamos comprar la televisión a color, las camas marineras y un colchón de buena calidad que le había pedido uno de mis hermanos en una carta. Entonces yo me puse contenta porque si papá mandaba plata, mamá no se iba a enojar conmigo por no haberle hecho gastar en cosas para la escuela.
Pero al día siguiente ocurrió una catástrofe.
Estaba en el departamento escuchando un disco de Silvio Rodríguez, cuando sonó el teléfono. Era la mujer de papá, muy alterada, preguntando si estaba por ahí mi hermana o mi hermanastro. Le respondí que estaba sola y entonces ella cortó, pero antes dijo que no me moviera de ahí. Por la noche vino a cocinar la chica que hacía la limpieza y se quedó a dormir en el living.
Recién al día siguiente me enteré que papá había tenido un accidente. Un auto lo había chocado y el escarabajo, prácticamente, había quedado partido en dos. Ahora él estaba en coma en el hospital y los médicos no sabían si iba a sobrevivir. Ese día y el siguiente fueron terribles, nadie me decía nada, y yo estaba todo el día sola encerrada en el departamento pensando cómo estaría papá, si vivo, muerto, triste, débil… pero también cómo estarían mi mamá, mis hermanos de Argentina, y quién me llevaría al aeropuerto el viernes siguiente, que era para cuando yo tenía el pasaje.
Finalmente, la señora de papá me llevó al aeropuerto ese viernes y me prometió que mi papá saldría bien.
Me subí al avión con la angustia de no haberme despedido de él, con la angustia de no llevarle el sobre con los dólares a mamá, y también con la angustia de no poder llevar regalos a mis hermanos. Solo llevaba malvaviscos y algunas porquerías picantes.
Después de un tiempo, como a los dos meses, papá llamó por teléfono y nos contó que estaba bien, que era un gato de siete vidas, que todavía le quedaban cinco –la primera se la había gastado en el exilio–, y cosas así. Me dijo que le dijera a mamá que en esos días le estaría mandando un giro, y les prometió a mis hermanos menores que, cuando fueran a México, les compraría un Swatch a cada uno. Pero, como conté al comienzo, esos proyectos se vieron frustrados a causa del terremoto.
El día que empecé el colegio secundario volví a vestirme con la ropa que había usado para ir al aeropuerto. La pollera acampanada roja y blanca, el chaleco de hilo, los zapatos de cabritilla roja, y como hacía frío, unas pantis de lana que me había regalado la señora de mi papá. Me colgué el reloj Swatch en la muñeca, me fijé que estuviera en hora y que se viera bien por encima del puño del guardapolvo. Por si acaso, me hice un rodete para tener la frente bien despejada.
Apenas entré al colegio, un chico más grande que yo me atropelló por la espalda. Me miró de arriba abajo y me gritó: “el Chapulín Colorado”. Todos los chicos, que entraban en jeans y mochilas, se rieron. Se rieron de mí, quiero decir.
Ese mismo lunes enterré en el fondo del ropero mi vestuario de corte y confección y no volví a levantar un ruedo nunca más en mi vida. Lo que sí, el reloj Swatch lo usé varios años más. Aún lo conservo en el cajón donde se guardan las fotos, las chucherías y los dorados recuerdos de la infancia.


Puerto Vallarta (2014), por Estela Getino.

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