martes, 6 de diciembre de 2016

Quartz


Pocos meses antes de que muriera mi viejo (él lo sabía y yo también), fui a su casa a tomar unos mates. Estábamos hablando de cosas que no tenían mucha importancia y le comenté que al día siguiente me tenía que levantar temprano pero que mi reloj despertador no andaba bien. 
Entonces mi viejo, con esa costumbre que tenía de enchufarte siempre algo –un chorizo español, un libro que no pensaba leer, unas tazas que había comprado en el Coto me trajo su reloj, que era mucho más feo y berreta que el mío.
No, gracias, pá.
Él insistió, yo no quise discutir, y finalmente lo acepté. Con dos despertadores tenía menos chances de quedarme dormida.
Ese reloj funcionó dos años y trascendió a mi viejo.
Un día se paró a las diez y veinticinco.
Ni siquiera me tomé la molestia de cambiarle las pilas porque para esa época yo ya usaba el despertador del celular, que es mucho más confiable y tiene un sonido menos odioso.
Como me dio pena tirar el despertador de papá, lo puse en un estante de la biblioteca. Y ahí quedó. Ese reloj siempre estuvo clavado en las diez y veinticinco. 
Hoy pasé por un estante y algo me llamó la atención. El reloj marcaba las diez y veinticinco. Lo mismo que la radio, la computadora y el celular. Eran las diez y veinticinco.
Berreta y todo como es, hay un momento del día en que ese reloj anda.

2 comentarios:

  1. Mira con la maravilla con la q me encuentro despues de tanto tiempo de buscarte entre ollas desaparecidas?!?! Q alegria!

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    1. ¿Cómo andás, Juli, tanto tiempo? Sí, rajé de los tenedores, las ollas y los cuchillos. Me quedé con lo básico, las palabras, jajajaj. Besos y gracias por el comentario!

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