lunes, 5 de diciembre de 2016

Repasadores

Las personas tenemos repasadores de toda clase.
Algunos de muy bonito diseño que ponemos en lugares clave: dobladito al lado del teléfono o colgado en el respaldo de una silla.
También repasadores prácticos y absorbentes, que siempre escasean. Si nos toca lavar los platos, frente a la bacha, mandamos uno al hombro, como si el repasador fuera un loro o una cacatúa.
Los repasadores de segunda clase son la gran mayoría. Enganchados en el pico de gas, enredado en una manija, hecho un bollo junto a la cena y la tele, o guardando lechuga fresca en la heladera. Esos nunca faltan.
Después vienen los viejos y rotos, que no tiramos por estar encariñados con ellos. Son los repasadores que mantienen una relación de mutualismo con la heladera y la bañera. Como las rémoras parásitas de las ballenas.
Finalmente, están los repasadores olvidados. Un buen día, una abre el ropero y se le cae la ropa encima. Entre los pantalones de jogging y las remeras hay dos repasadores nuevos. Más que nuevos, repasadores sin usar. Uno tiene dibujada una tetera y el otro una gallina clueca.
¿De dónde salieron estos repasadores?, una se pregunta. ¿Me los habrá regalado la abuela Ñata cuando vivía? ¿Será que por ser tan feos los escondí? ¿Cuántos años llevarán ahí?
Esos repasadores de la añoranza son los peores de todos.

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