jueves, 5 de enero de 2017

Carrera Montagne

Hoy corrí una carrera de quince kilómetros.
Los tres domingos anteriores, entrené en la Reserva ecológica. Dos vueltas de ocho  kilómetros​ en un tiempo envidiable: dos horas treinta.
Tengo todas las chances de ganarle a los ​de la categoría especial, pensé.
Me gusta llegar con ellos porque me llevo de arriba los mensajes de superación personal: ¡Vamos, ​Chueco! ¡Vos podés​​!​
​Me aconsejaron dormir bien pero me costó agarrar el sueño. 
El ascensor de mi edificio ​hacía un ruido raro.
Es la válvula, advirtió el Service. O compran una importada o la seguimos atando con alambre, como todo en este país.
La cuestión es que el ascensor subía y bajaba solo​, como si estuviera poseído por un espíritu.
A vos te parece, dijo la vecina mirando al ascensor, con lo cara que está la luz.
El ruido no cedía, el ánima del ascensor tampoco, y a mí se me iban descontando las horas de descanso.
Puse el ventilador, que todo lo amortigua y entonces sí, caí vencida.
A las siete ya estaba en los bosques Palermo. El cielo estaba nublado. El viento llevaba y traía hojas. Se escuchaban truenos y se dibujaban rayos. 
Si el pronóstico dice que no va a llover, dijo un corredor, es porque va a llover.
A las siete y media, hora de precalentamiento, subió un entrenador muy parecido al Sargento Kilgore (el de Apocalipsis Now).
Saludó así (juro que no miento): ¡Mis soldados!
​Y empezó a marcar el ritmo: hop, hop, hop, pateo. Hop, hop, hop, pego.
Para peor, las pantallas de video nos proyectaban a todos los corredores ​vestidos con la misma remera violeta y roja.
Hop, hop, hop, patria y valor.
Al finalizar, el entrenador pidió que repitiéramos eich, eich, eich, hasta que se formara una sola voz.
Es un poco nazi, pensé. Y no lo hice porque tengo mis límites morales, además de los deportivos.
¡Pum! Y a las ocho, como estaba planeado, empezó la carrera.
Salió el malón y, como era de esperarse, empezó a gotear.
No estaba tan mal la lluvia. Le daba un tono épico a la cosa, y yo no había traído los walkmans.
A los tres kilómetros me dieron un agua mineral. 
A los cinco, otra.
A los ocho, dos paquetes de gomitas mogul.
Y  a los diez, una de gatorade. 
La gente tomaba un trago y tiraba la botella en la calle. 
O agarraba una gomita y tiraba el resto del paquete. 
Como fui pobre en la infancia, no puedo tirar nada. Entonces iba corriendo y haciendo malabarismos con las cosas. Y entre eso y la lluvia, se ponía cada vez más difícil la cosa. 
El agua no me dejaba ver, las zapatillas burbujeaban detergente, los cuádriceps me ardían, las medias se me pegaban como chicles a las plantas de los pies. Y yo ya no daba más. 
En el kilómetro doce, los de la categoría especial me habían alcanzado.
Vamos, vamos, vamos que se puede, me gritó una señora que​ empujaba a otra en silla de ruedas.
Un chico de la organización nos obligó a cortar camino. Tenía que habilitar el tránsito. Nadie se va a enterar, dijo.
Con una pequeña trampa (de menos de un kilómetro), llegué a la meta cuando el reloj marcaba una hora y cincuenta y siete minutos. Un récord para mí.
Al pasar la línea, escuché el grito ahogado de una chica.
Me di vuelta, ella se apretaba los dedos contra los ojos para que no la vieran llorar.
Yo nunca me emocioné por una carrera.
Pero lo que le pasaba a ella me puso la piel de gallina.
Me sentí un poco Rocky Balboa en la Rocky Uno.
Volví a casa con una medalla, un Gatorade, dos botellas de agua mineral, una barra de cereal y una banana.
Sintiendo por una vez en la vida, que había vivido lo suficiente.


​Carrera Montagne, ​13 de noviembre​ de 2016​.

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