martes, 31 de enero de 2017

Orli, el Muñeco.

Su abuela Jimena lo llamaba Orli, "mi muñeco". Orli, por Orlando. Orlando, por el nombre del abuelo: el marido de la abuela, que ya se había muerto.
Su mamá, en cambio, lo llamaba Lalo. O “hijomío”, “sos una lucha”, y “quéhiceyoparamereceresto”. Raúl, el marido, padre de Orli, apenas oyó a la partera decir “¡nunca en mi vida vi una cosa así!”, se anotó de voluntario en Greenpeace.
Orli era un ser indescriptible. Y no parecía humano.
Sin embargo, no demandaba muchos cuidados. Las instantáneas de él podían ser:
Sentado en una silla, sosteniendo una manzana mordisqueada.
Hamacándose en un banco de madera.
Sentado en el suelo de la cocina, mirándose una hormiga en la palma de la mano.
En el patio, rodeado de botellas de vidrio llenas de agua a distintos niveles.
Golpeando con un lápiz esas botellas, como quien ejecuta el xilofón.
En la pieza, sacándole punta al lápiz roto.
Durmiendo en un estante de la biblioteca.
Las instantáneas de su madre, en cambio, eran dramáticas a fondo: si no estaba en la cama, durmiendo y llorando —o viceversa—, estaba al teléfono discutiendo con el marido (ahora ex marido): “¿Que ahora te vas a Siberia?”. “¡Vos estás del tomate!”, “¿Cuándo mandás plata?”, “Te voy a poner un abogado”, “Te voy a poner un juez”.
Y, sino:
—¡Orlando, noterminastelacomida!
—¡Orlando, loscordones!
—¡Orlando, porelamordedios!
Orli no sabía que su aspecto causaba terror en la gente. Tampoco sabía por qué no iba a la escuela, ni a la plaza. Menos que menos de qué se trataba un pediatra, un radiólogo o Papá Noel.
Se la pasaba todo el día recluido en su cuartucho. Le sacaba punta a los lápices, hacía sonar las botellitas de agua, ordenaba las ruedas de los camiones rotos. Y, después, se acomodaba en el estante de la biblioteca y descansaba un rato.
Triste. La vida de Orli era muy triste.
Al terminar el año, tuvo un golpe de suerte. Una tarde, el viento cálido entró por la ventana, piaron unos gorriones y sonó el timbre. La voz aguda y risueña de la abuela Jimena traspasó la puerta.
Jimena anunció a su hija, la mamá de Orli, que se lo llevaría por unas semanas a la laguna de Epecuén.
La madre se opuso:
—¿Pretendés que la gente se le ría en la cara? ¡Ya bastante tiene con un padre ausente! ¿Y qué va a hacer el nene entre ese vejestorio?
Discutieron un rato y, por suerte —por suerte para Orli—, la abuela Jimena la convenció. Vestiría a Orli con bozal y manta térmica, y Orli ya no parecería Orli, sino un animal doméstico.
En Constitución, subieron al tren.
La abuela Jimena era de buen carácter, le gustaba hacer sociales con los pasajeros del Roca, huéspedes del hotel sindical y jubilados del Bingo.
—Qué simpático el animalito —le decían.
—¿Es un Paisley Terrier? ¿Un pastor caucásico? ¿Un becerro?
—Es mi nieto, mi nietito hermoso —respondía la abuela. —¿No es un muñeco?
Un día, la abuela le cubría la cabeza con flores. Otro, lo vestía con pechera de marinero. O una ridícula corbata y bermudas.
La laguna. Las termas. La heladería. Los fichines. Todo eso conoció Orli amarrado a una correa.
Al terminar el verano, regresaron a casa. Cuando llegaron, la madre estaba en cama pero se levantó para recibirlos y quejarse.
—¡Nolepusisteprotector!
—¡Lepicarontodoslosmosquitos!
—¡Mamá, porelamordedios!
Jimena liberó a Orli de la correa y del vestuario artificioso, y se fue a la cocina a tomar mates con su hija.
Orli entró en su pieza, se sentó en la cama y suspiró. Toda esa ropa que le ponía la abuela lo asfixiaba. Así estaba mejor. Le sacó punta a los lápices, ordenó las botellas de agua, las ruedas de los camiones rotos. Y, cuando le dio sueño, se recostó en el estante de la biblioteca. Con el lápiz afilado se pinchó la pierna corta y gordita. Orli, el Muñeco, perdía arena.


Orli, el Muñeco (2013).

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