lunes, 23 de enero de 2017

De qué habla la gente en los ascensores: anécdota de un viernes.

Era mi hora de salida y llamé al ascensor. 
Plin, plin, usted está en el piso doce, dijo la voz grabada del ascensor. 
Apreté el botón de la planta baja.
Plin, plin, ascensor bajando. 
Aproveché a mirarme las ojeras en el espejo acerado. Es una costumbre masoquista que tengo cuando viajo sola.
Plin, plin, usted está en el piso diez. 
Las puertas se abrieron y entraron dos mujeres que conocía de vista. Creo que son abogadas. Una de ellas, bajita y de pelo corto. La otra flaca y con el pelo color zanahoria artificial. Venían entretenidas en una conversación, así que me ignoraron. 

La bajita apretó el botón de planta baja, y eso que ya tenía la luz encendida.
Hoy o mañana me voy a teñir, le contaba a la de pelo zanahoria, y después se chequeó las canas en el espejo.
¿No podés más adelante? ¿En febrero?, le preguntó su colega.
El médico me dijo que antes del 2, le respondió la bajita. 
Plin, plin, usted está en el piso siete. 
Subió un hombre de Oca, de pelo raído y canoso. Él volvió a apretar el botón de la planta baja. Otra vez, pensé. ¿No ve que ya está apretado?
Plin, plin, ascensor bajando. 
¿Y qué vas a hacer con tu hijo?, le preguntó la pelirroja.
Se queda con mi vieja. Son quince días nada más, dijo la bajita.
¿Y no te va a extrañar?
¡Y!, respondió la bajita con resignación. Sí... 
Plin, plin, usted está en el piso seis.
El ruido ese me estaba haciendo poner nerviosa. 

El hombre de Oca miró hacia el espejo y se aplastó el poco pelo que le quedaba con una mano.  
En el seis subió la tesorera de Recursos humanos.
Buenas tardes, dijo con un ligero tono de autoridad. 
Buenas tardes, murmuramos todos.
La tesorera chequeó que el botón de la planta baja estuviera encendido y, para mi satisfacción, no lo volvió a apretar.
¿Y no te puede ir a visitar nunca? ¿Tu vieja tampoco?, continuó la de pelo zanahoria.
Nadie, tengo que estar aislada completamente, respondió la bajita. Capaz aproveche a leer un poco. 
O a estudiar, retrucó la colega, ¿por qué no te hacés el curso ese online?
Mmm... no sé. La primera sesión quedé tan hecha pelota que no podía ni carburar. Medio que esos quince días te lo pasás en la cama haciendo lo que podés.
Plin, plin, usted está en el piso tres. 
Esta vez, el ascensor me puso los pelos de punta.
No había nadie afuera. Solo se escucharon los tacos de alguien que acababa de cambiar de opinión y bajaba por la escalera. 
¿Para qué tocan?, se quejó la chica de pelo zanahoria.
Y volvió a apretar el botón de la planta baja.
Plin, plin, ascensor bajando. 
Y claro, retomó la pelirroja. Pero pensá que quince días pasan rápido.
Sí, dijo la bajita, haciendo girar una y otra vez el tornillo de su aro, quince días pasan rápido.
Lo dijo relajada, jovial. No parecía estar hablando de algo grave, y eso que estaba hablando de algo muy grave.
Plin, plin, usted está en la planta baja. Gracias por su visita.
Las puertas se abrieron y salimos. 
Las dos mujeres se unieron a la fila de empleados públicos que pasaba sus carteras por el detector de metales. Los otros tres nos quedamos atrás.
Durante los diez segundos que las tuve en foco, ellas siguieron hablando de tintura. Lo sé porque la bajita hizo un ademán de tocarse la cabeza. El gesto de ir a teñirse las canas. De conservar la juventud y la vida. 
De no aceptar el escándalo de la enfermedad. 
Pero sí de aceptar ese espléndido momento que es llegar a la planta baja, pisar la vereda y salir.

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