miércoles, 1 de febrero de 2017

Héroes S.R.L.

–La Doctora ahora mismo no lo puede atender –dije al teléfono–.  Llame en una horita o algo así… Sí, le digo, le digo, no me olvido.
Colgué.
–Doctora Hercio, otra vez de la TrueNorth –avisé.
Como empresa, la TrueNorth no nos llegaba ni a los talones. Pero nos convenía mantener la buena onda con ellos: tenían los chips de silicio mucho más baratos que la SkyNet.
–Van a volver a llamar más tarde.
La Doctora no me escuchó. Estaba concentrada en su trabajo. Con una mano ajustaba una muela en la cabeza de un autómata y, con la otra, se cebaba un mate.
De pronto, el teléfono volvió a sonar y la Doctora se asustó. El mate cayó al piso y la yerba salpicó para todos lados.
–¡Me cacho en diez!
Para colmo, el molar que estaba ajustando se deslizó por la garganta del androide.
–¡No puede hacer tantas cosas a la vez! –me quejé. Yo iba a tener que limpiar todo ese enchastre.
   La Doctora sacudió la cabeza del autómata y el implante molar se resbaló por la tráquea, rompiéndose en el piso.
–No lo puedo cre-er, cien mil telsios a la basura! –dijo enfurecida–. ¡Desenchufe ese teléfono, Licenciada Claudia Unamor!
A la Doctora se le habían volado los pájaros. La ayudé a ajustar la cabeza en el cuerpo del androide. Era un bombero.
–Nadie le va a andar revisando la dentadura, Doctora –intenté tranquilizarla.
La Doctora Electra Hercio era una mujer brillante. Dueña y Presidenta de Héroes S.R.L., la única empresa en el mundo capaz de crear autómatas idénticos a los seres humanos. Por esta razón, las empresas multinacionales de inteligencia artificial la acosaban todo el tiempo.
Yo era asistente personal, vicepresidenta y socia aparente de su empresa. Mi especialidad era la configuración de chips para cerebros artificiales: microprocesadores, memorias, membranas digitales, terminales presinápticas, postsinápticas. Es decir, toda la parte que a la Doctora le resultaba un embole.
Para las tareas sencillas, contábamos con la ayuda de dos pequeños robots: Hawking y Hal.
Los autómatas que hacíamos eran unos bombones. Guapos y musculosos como Kyle Reese, complacientes y serviciales como Clint Eastwood, y simpáticos y sonrientes como Facundo Manes.
“In memorian”, aclaraba ella.
–¿Dónde enviaremos a este servidor? –pregunté, una vez que la cabeza estuvo bien ajustada.
–A la mina de carbón de Pensilvania.
La Doctora se sacó los anteojos y fue a buscar su lupa digital al escritorio. En ese momento, sonó el portero inteligente. Hawking corrió a atender.
Doctora, Doctora, es el Senador Chompi, ¿lo dejo pasar?, ¿lo dejo pasar?
Hawking tenía un error de programación y repetía dos veces las cosas. A la Doctora le parecía un fallo simpático y prefería no corregirlo.
Sí, claro, Hawking. Sí, claro, Hawking –respondió bromeando.
El Senador Chompi era amigo personal de la Doctora. Habían sido colegas en el Hospital Central de Neurología hasta el día en que Chompi se interesó en la política.
–¿Qué lo traerá por acá? –se preguntó.
Después, examinó con la lupa los ojos azules del bombero.
¡Mi machote!
¿No hablarás de mí? –rió el Senador, entrando en el laboratorio.
Disculpame, querido. Me agarraste trabajando.
El Senador era un hombre de setenta años, aunque parecía menos. Tenía buen porte, piel tersa, pelo gris y abundante. Vestía un traje negro entallado, camisa blanca y botas altas acordonadas. Del bolsillo del saco colgaban unos anteojos de sol azules.
Qué carrocería bromeó la Doctora.
El Senador le acarició la espalda.
Después, le sacó a la Doctora la lupa para observar en detalle el trabajo que había hecho.
–¡Te quedó buenísimo!
A ella le encantaba que alagaran su trabajo.
–¿Desea un café, Senador? ¿Un té verde?–interrumpí.
–Un cortado si no es molestia, Claudita.
Di una orden a Hal y después me senté junto a ellos.
El Senador y la Doctora hablaron sobre los avances en la inteligencia artificial, la neurociencia y el dólar. 
–Ahora bajó otra vez –contó el Senador.
–Tremendo –se lamentó ella.
Después llegó Hal con el café y unos scons de avena.
–¿Son crudivéganos? –preguntó el Senador.
–Claro, los hacemos en el horno deshidratador.
–Mmmm… ¡me encantan!
Al Senador le costaba ir al grano.
–Mirá Electra, no sé si te imaginás qué me trae por acá.
–No lo sé, Chompi querido.
–Vos sabés cuánto admiro tu trabajo.
La Doctora, vanidosa, cerró por un instante los ojos.
–Lo sé.
–Te voy a hablar sin vueltas. Tengo la intención de presentarme como presidente para las próximas elecciones.
–¡Chompi! ¿Pero vos no estás apoyando la reforma de Ley para la reelección del actual Presidente?
–Mmm… sucede que surgieron ciertas diferencias irreconciliables.
–Chompi, me encanta la idea y tenés todo mi apoyo, como siempre, mi cariño.
El Senador volvió a la carga.
–El problema es que las encuestas no me dan bien. Necesito tu ayuda… es un favor personal.
–Decime nomás.
–Mi equipo de asesores dice que soy aburrido. Necesito un empujón de carisma. Un socio. Un referente social. Una persona simpática, divertida, con un altísimo grado de aceptación social. ¡Alguien para completar la fórmula! ¡Necesito un héroe, un autómata… un vicepresidente!
El Senador, excitado, sacó un pañuelo y se secó la frente.
La Doctora lo miró pensativa.
Héroes S.R.L. solo fabricaba rescatistas, mineros, limpiavidrios de rascacielos y demás profesiones de alto riesgo que no cubría ninguna A.R.T. Por otro lado, como institución, la empresa respetaba a rajatabla el convenio de producción de autómatas, androides, robots y afines (excepto cyborg) de la John W. Campbell Robotic Association.
Artículo 4°: Queda expresamente prohibida la creación y/o reproducción de autómatas, androides o robots con toma de decisiones propias.
Artículo 7°: Los circuitos neuronales de los autómatas, androides o robots estarán incapacitados de producir, generar o alentar cualquier otro sentimiento que no sea vocación de servicio y disposición al trabajo comunitario.
Artículo 10°: Asimismo, queda prohibida la creación y/o reproducción de autómatas, androides o robots que actúen en beneficios privados o de sus socios comerciales en el marco de operaciones lucrativas.
La Doctora no podía sino negarse.
–Eso es imposible, Chompi. Vos sabés muy bien que yo no fabrico ciudadanos con fines electorales.
–Entiendo –respondió el Senador, maquinando una contraofensiva.
–Cualquier cosa me hubiera gustado hacer por vos. Sabés cuánto te quiero y admiro, somos re amigos, pero lo que pedís es imposible.
–Mirá, Electra –dijo cambiando el tono–, es solo un favor. A cambio, yo podría interceder por una candidatura para el Nobel de la Ciencia, de la Paz, de lo que quieras.
La Doctora respiró hondo.
–Esa es mi última palabra, lo siento.
–Ni tampoco te denunciaría por esos chips del amor que importás de Brasil para tu querido… –prosiguió con ironía– cosa que, si no me equivoco, está bien por fuera del código de tu respetable “a-sso-cia-tion”.
El Senador hablaba de Paulo, el autómata más bello, carismático y perfecto del mundo: el marido de la Doctora.
Así que el Senador utilizaba ese despreciable recurso.
–Sos un monstruo cruel –musitó.
Eso es lo que era.
Una gota de sudor corrió por la cara de la Doctora.
–¿El Nobel que yo quiera?
–Como te dije, el que más te guste –y le dio su pañuelo.
–¿De qué tipo de criatura estamos hablando? –preguntó con frialdad– ¿Un héroe homérico?
–No, yo necesito un hombre con compromisos, que se destaque por su coraje y valentía personal. Que sea palabra y acción, ¿se entiende lo que digo?
La Doctora asintió. Ya empezaba a comprender.
***
Cuando el Senador se retiró me acerqué a la Doctora. Yo era joven y todavía tenía ideales.
–Usted puede conseguirse otro novio. Juntas podemos hacer un hombre mejor que Paulo... y menos conversador. No deje intimidarse por esa mierda de Senador.
–Es hora de estar con los ganadores, Unamor –respondió, decidida.
–Entonces voy a renunciar –amenacé.
–Renuncie, querida. Yo puedo encargarme sola. Aunque había pensado en usted para la dirección de este proyecto. Su primera creación al cien por ciento, su primer cerebro positrónico, ¿se imagina? Podría ponerlo en su currículum.
Yo soñaba con prosperar: “Licenciada Claudia Unamor, líder en diseño de autómatas”, fantaseé.
–Recuerde que tendría a su cargo todo lo relacionado a lo físico y también todos los aspectos psicológicos. Cuerpo y espíritu.
–Doctora, es mucha responsabilidad para mí sola.
–Vamos, Licenciada, es solo un vicepresidente.
Pero para mí era un desafío.
–Es verdad, Doctora. Es hora de estar junto a los ganadores.
***
Durante las siguientes noches no pude pegar un ojo. Anotaba en una libreta todo lo que se me ocurría: color de ojos, piel, pelo; chips a encargar a Suecia, Australia, Transilvania. Pensaba también en los hobbies y habilidades que le daría: tenis, golf, piano, ¡hasta stand-up! También era muy importante considerar los valores.
–Será un héroe perfecto: valeroso, sabio, inteligente, humilde y coherente como aquel prócer socialista… Luis Zamora. ¿Lo recuerda, Doctora?
–¡Sí, lo amo! –respondió.
–Se llamará Horacio. Será de Piscis. Hablará castellano, inglés e italiano.
–¿Italiano? –preguntó la Doctora.
–Sí, es un idioma muy sensual.
***
Cuando lo tuve listo, lo vestí, lo hice caminar por el laboratorio y llamé a la Doctora.
–A ver, Horacio. Decinos alguna cosa.
–E' un mondo difficile. E vita intensa –respondió imitando a Tonino Carotone, una vieja estrella de culto.  
La Doctora casi se desmaya de la emoción.
–¡Felicitaciones, Licenciada Unamor, es súper simpático! ¡Y qué realista!
–Muchas gracias, Doctora Electra Hercio –agradecí ruborizada.
***
Por la tarde sonó el portero inteligente. Hawking corrió a atender.
–¡El Senador Chompi! ¡El Senador Chompi!
–¡Qué pase! ¡Qué pase, Hawking!
Nos sentamos en la sala. El Senador habló con Horacio durante horas: historia, arquitectura, política internacional, conflictos bélicos y hasta de chistes cordobeses.
–Increíble, francamente increíble.
Después, le preguntó a Horacio qué es lo que sugería para promocionar su candidatura. Horacio le aconsejó visitar a los pescadores de los Esteros de Iberá, viajar en transporte público, ir a villas miseria, hospitales, escuelas, y así.
Estoy anonadado, Doctora –dijo el Senador.
Yo sentí un profundo orgullo y también un poco de celos. Horacio era mío. Pero ahora se iría con el Senador.
Cuando estaban por subir al auto, le grité:
–¡Horacio, tenés los cordones sueltos!
Y él se los ató solito. Sentí tristeza. Cómo me constaría olvidarme de él.
***
A los tres días, estábamos embarcadas en otro asunto, injertando cabello en la cabeza de un escalador de volcanes para Sir Herzog XII.
Nos sobresaltó el portero eléctrico. Sonó una y otra vez.
Atendió el pequeño Hawking.
­–Doctora, Doctora, el Senador Chompi, el Senador Chompi. ¿Desea que le abra? ¿Desea que le abra?
–Claro, Hawking. ¡Dejalo pasar!
El Senador entró enfurecido.
–¡Electra, te voy a hundir hasta el fondo de la litósfera!
El Senador estaba desquiciado: el pelo revuelto, la camisa arrugada, los ojos inyectados en sangre.
Nosotras no entendíamos nada.
​–Chompi, querido, ¿qué es lo que pasó?
El Senador apenas podía hablar de la rabia que tenía.  
–¡El cabeza de titanio! ¡El machochote! ¡El chongo ese!
–¡Qué horror! ¡Qué horror! –soltó Hawking, aún sin entender lo que quería decir el Senador.
–¡Te juro Electra Hercio que te voy a convertir en pan rallado! ¡Tu magnífica creación se fue con el candidato del TROX y ahora ellos miden primero!
La Doctora apretó su puño contra el pecho. Abrió la boca, sin decir palabra. Después se tiró en el sofá.
–No entiendo qué pudo haber pasado… No entiendo qué pudo haber pasado… –volvió a intervenir Hawking.
–¿Un error de sistema? –preguntó la Doctora, ya mirándome a mí. –Es inexplicable, mi querido, ellos no están preparados para traicionar.
Después se levantó, queriendo agarrarse del brazo del Senador.
–¡No me pongas una mano encima! ¡No sé cómo lo vas a arreglar pero yo de acá no me voy sin una solución!
La Doctora entonces se dio vuelta y me miró.
–Licenciada Claudia Unamor, desaparezca ya mismo de mi vista. Y de paso me encuentra dónde dejé el celular.
Eso quería decir que necesitaba estar a solas un buen rato con él, ya que ella solía dejar el teléfono en cualquier parte.
–Y cuando digo ya, es ya.
Entonces salí del laboratorio y empecé a buscar entre los muebles. Estaba nerviosa, asustada, creí que el corazón me iba a explotar. Llegué a la cocina y me serví un vaso de agua.
¿Qué es lo que hice mal?, me pregunté. ¿Un cortocircuito en el lóbulo frontal? ¿Conexiones sinápticas débiles? ¿Soberbia de juventud? Descansé unos minutos. Hal se acercó hasta mí con el celular de la Doctora.
–Sos un amor –agradecí.
Hal se dio vuelta y siguió con sus tareas. Yo tomé coraje para volver al laboratorio. Me levanté y empecé a caminar.
Ya en el pasillo, oí que el Senador y la Doctora reían. Por el tono de sus voces imaginé que el problema estaría solucionado. Entré.
–Únase, Licenciada, venga a probar un poco de este rico medio y medio.
El que me hablaba era  Paulo, el marido autómata de la Doctora. Hablaba hasta por los codos. Contaba chistes, anécdotas. Chompi se reía a carcajadas.
La Doctora hacía recomendaciones al Senador:
–Si ves que te molesta mucho de noche, bajale el volumen, mi querido.
No había dudas, ya habían encontrado la fórmula del éxito para las próximas elecciones.
Esperé a que se fueran. Después, me acerqué a la Doctora.
–Electra Hercio, mi renuncia está sobre su escritorio.
Para sorpresa mía, ella no estaba enojada.
–Licenciada, no se haga drama. Hay que seguir insistiendo, practicando… usted es joven, mi querida.
La Doctora buscaba algo en su portátil.
–Por otro lado, es bueno que Paulo haga una actividad que lo entretenga.
Ya no me prestaba atención. Miraba vestidos por internet para la asunción del vicepresidente, o para el recibimiento del Nobel.
Recogí las copas y la botella vacía. Las llevé hasta la cocina.
Hawking y Hal trabajaban en silencio. Me acerqué hasta ellos.
–¿Gusta un matecito, Licenciada? ¿Gusta un matecito? –me convidó Hawking.
Le acepté el mate, me senté y cerré los ojos.
Sí, me esforzaría más, trabajaría más. Con cuántos bomberos y escaladores tendría que ensayar. Con cuántos vicepresidentes.
Abrí los ojos y le devolví el mate a mi pequeño compañero.
–Gracias, Hawking. Gracias.
Si quería ser brillante como la Doctora Hercio, iba a tener que trabajar duro. Pero todavía tenía toda una vida por delante. 


Héroes S.R.L. (2014), por Estela Getino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario