viernes, 7 de abril de 2017

Crónica de un hombre silvestre

Este hombre se llama Juan y es el único varón que habita el Cerro de la Quebrada de San Lorenzo. De un lado del cerro, vive él. Del otro, una viuda. Los hijos de la viuda viven en la Villa pero ella se quiere quedar ahí porque tiene animales, casa y huerta.
El terreno del Cerro está privatizado. Juan dice que sus abuelos se asentaron ahí muchísimos años antes de que tuviera dueño. Dice que, de todas formas, no los van a sacar. Ellos no molestan. Además, Juan es el único que conoce la yunga como la palma de la mano.
Cada vez que se pierde un turista, lo llaman a él.
La semana pasada se perdieron cuatro mexicanos. Los familiares estaban esperándolos abajo. Hicieron la denuncia a la policía, los buscaron toda la tarde y no los encontraron. A las diez de la noche llamaron a Juan y, machete en mano, a las dos horas los tenía a todos abajo. Al pie del Cerro.
Dice Juan que le dieron una buena propina.
Los más valientes, cuenta, son los canadienses y los suizos. Los más
divertidos, los cordobeses. Saben muchos chistes. Además toman mate y convidan, dice.
Le pregunto si conoce Córdoba y me dice que no.
¿Y Buenos Aires?, pregunto. ¿Cómo?
Que tampoco.
A veces no le entiendo porque Juan coquea.
Llegué esta mañana para hacer turismo aventura y el muchacho de la agencia dijo que podía conseguirme al mejor guía turístico por 220 pesos.
Después me enteré que,de esa plata, solo 100 van para Juan.
¿Cuánto dura toda la vuelta?, le pregunto a Juan, ya subiendo el cerro.
Depende, pues, dice. Tres horas, tres horas y media.
Hace mucho tiempo que hago deportes. Nado, corro, ya no fumo. Le apuesto a que la hacemos en menos de tres.
El camino es difícil, subidas, serpenteo, terrenos resbaladizos, bajadas abruptas, vertientes y arroyos con piedras agarradas a la tierra así nomás.
Se me cruza una víbora en la punta de los pies. Va rápido.
¿Es venenosa, Juan?, pregunto.
No, dice, es arisca.
Pobre Juan, pienso. Tanto por 100 pesos.
Hay días que hago hasta tres viajes, aclara.
Usted no necesita ir al gimnasio, le digo.
Pienso que cuando termine toda esta caminata le voy a dar 200 pesos de
propina para que no piense que los porteños somos amarretes.
Me muestra los nogales silvestres, las frutas que serán nueces dentro de poco, las mentas, la salvia, el anís, otras hierbas con olor a limón con nombres que no recuerdo.
Son yerbas, pues, dice Juan. Ya me lo repitió tantas veces.
También hay cayotes, frutillas, paltas, manzanas, duraznos. Todo silvestre.
Acá no se muere nadie de hambre, le digo.
Y me cuenta que un grupo de 30 canadienses pasó el verano ahí en carpa, criaturas incluidas, alimentándose con las cosas de la tierra.
Vegetarianos, dice.
Le pregunto si esos canadienses estaban locos o pertenecían a una secta. Juan me mira como si no entendiera lo que digo.
Nos encontramos con dos caballos, me cuenta que son suyos.
Tiene siete. También dos vacas, cuatro cabritos, cinco gallinas, tres
perros, casa de adobe y piedra, horno de barro y una pieza para los turistas que le piden quedarse una noche para ver las estrellas.
La semana pasada estuvieron dos suizos, me cuenta. Él hablaba bien español, ella no tanto.
Cuanto más alto está la casa, mejor se ve el cielo. Y su casa está a 2100 metros sobre
el nivel del mar.
Electricidad no tiene. Una vez, un hombre que repartía lis paneles solares del gobierno, consideró que no había densidad poblacional como para instalarle uno. El agua que usa proviene de una vertiente natural que brota de la tierra. Está a 80 metros de su casa. Juan enchufó una manguera con salida hacia su casa.
Agua corriente, la llama Juan.
Para el agua caliente o el frío, leña. La mínima en invierno no baja de los 0 grados. Aunque a unos metros más allá nieva.
La vista desde ahí es increíble.
Su mujer, su hijo de quince, alguno de sus otros hijos o sus nietos van a pasar los fines de semana. Prenden el horno de barro y cocinan un cabrito. O tortillas. Juan dice que tiene otra casa en la Villa. Ahí viven su mujer y su hijo de quince. Su mujer trabaja en una casa de familia. El hijo está en el secundario. Juan no es pobre.
Tampoco es rico.
A esta altura del camino la plata empieza a perder sentido.
Dice que no puede dormir en otro lado que no sea en su casa porque los ruidos le molestan. Ahí no se escucha otra cosa que no sean los pájaros, los bichos y la serpiente cascabel, bromea. Yo miro el piso.
Volvemos a la Quebrada. Es más fácil bajar que subir.
Poco antes de llegar, agarro la plata que tengo separada para la propina.
Con dos billetes en la mano me siento una miserable.
Es la única forma que tengo de agradecer, me disculpo.
Él sonríe con la amabilidad y la sencillez de la gente de cerro.
Cuatro horas hemos tardado, pues, me dice, tomándome el pelo.
Me río.

Es verdad, y cuánto hemos charlado, Juan, respondo.

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