viernes, 7 de abril de 2017

El perro del sendero

Venía bajando el Cerro San Bernardo a pie, cuando un perro empezó a seguirme.
Le tengo miedo a los perros. Una vez uno callejero se me tiró al cuello y me atravesó la mano con los colmillos. Así que caminé discretamente, tratando de disimular cualquier emoción.
Durante media hora, el perro se me cruzó de un lado a otro, me empujó con el hocico, me chumbó, y yo nada. Seguí caminando.
El sendero de la montaña llegó a su fin. Ahora había que agarrar la ruta por donde pasaban infinidad de autos a gran velocidad.
Medí la distancia y el tiempo para calcular el momento menos peligroso de cruzar. Pero el perro no se me despegaba. Ahora ya no parecía tan callejero, sino más bien poco despierto en asuntos de tránsito.
Sin meditarlo, tomé coraje, señalé hacia arriba y dije "¡cucha, perro!" en tono de absoluta autoridad. Me sorprendí de mi misma, y se ve que el perro también, porque bajó las orejas, metió la cola entre las patas, y obedeció. Empezó a volver cerro arriba.
Pucha, me dije, media hora de mortificación al cuete.

Si hasta tuve todo el tiempo del mundo para vengarme por lo de aquella vez.

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