viernes, 7 de abril de 2017

Escuela pública

Estaba en tercero o cuarto grado de una escuela de Lomas de Zamora. La maestra se llamaba “señorita” Nélida. Era gorda, fea y de carácter débil. Teníamos, en promedio, nueve años, pero ya la pasábamos por encima (y eso que no éramos los descarrilados de hoy). Ella tardó dos o tres meses en ponernos en vereda.
Un día se apareció con castañuelas. Se acomodó en medio del aula y las hizo sonar. Todos nos callamos y la señorita se enorgulleció de su método. Y lo siguió usando.
Pero a las tres semanas, como pasa con las ratas y las cucharachas, nos inmunizamos a los efectos de las castañuelas y el aula volvió a ser un descontrol.
Un poco más adelante (era invierno y me acuerdo porque los percheros estaban llenos de bufandas y camperas de colores), la señorita Nélida entró en el aula con sus castañuelas y las hizo sonar. Segundos después, empezó a cantar tímidamente. Cantó y cantó y, con el empuje de la pasión (¿sería una jota?), la voz le creció, llegando al límite de ponerse a llorar (no sé si a causa de la concentración o porque era la última bala que le quedaba).
Como al minuto cuatro nos callamos todos.
A ningún chico le gusta oír a una maestra cantar, y menos llorar.
También pasa con las abuelas.
No sé qué sentimos porque de tanto no me acuerdo. Calculo que percibimos la existencia de Nélida. El sufrimiento de una persona buscando una forma casera (que no fuera llevarnos a todos a Dirección) de poder hacer su trabajo.
No digo que a partir de ese día nos portamos bien, pero sí un poco mejor. Sino el Día del niño la señorita Nélida no nos hubiera regalado turrones y sapitos de chapa a todos.

Si no fue sentido de humanidad, fue algo parecido. Es lo primero que aprendí de la escuela pública. Y obvio que no me lo olvido más.

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