viernes, 7 de abril de 2017

La siesta

Yo adoraba las risas de los chicos en las plazas, los festejos infantiles en las playas, perdiéndose entre las olas. Amaba pasar a la hora del recreo por la puerta de las escuelas y atrapar los gritos de los pibes como si mis orejas fueran dos caracoles. La verdad es que los quería. 
Hasta que un día conocí la siesta. Las peleas en los patios traseros de las casas, o en los pulmones de los edificios. Gritos impacientes a causa de un autito roto, o quejas caprichosas, "le voy a contar a la abuela, le voy a contar a la abuela". Voces agudas enredándose como hiedra por las paredes, entrando a mi cuarto, clavándoseme en las orejas, tac tac tac. Tac tac tac.
Dejé de adorarlos. Descubrí la aversión, la hostilidad, la irritación hacia ellos. Me salieron granos en la nariz y tres canas duras en el mentón. Y, en mi desesperación, salí a la calle a barrerlos con la escoba, pero los desgraciados corrieron, se escaparon de mí. "La bruja Cachavacha", "la bruja Cachavacha", me gritaron.

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